Cuentos morales · Unidad 149 de 188

Unidad 149 · FLIRTATIONii LEGITIMA

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FLIRTATIONii LEGITIMA

comprarlo, por hacerlo suyo, ó á lo menos, reducirlo al silencio.

Masito Caces veraneaba en una hermosa villa del Norte, AUi vio una tarde, en una gira campestre, una mujer que le hizo decir para sus adentros: «Si yo creyera en el ideal todavía, le encontraría á esa mujer un aire de familia con el ideal.» Pero no hizo caso... hasta que volvió á ver á aquella joven al día siguiente en la playa. Era más baja que otra cosa, trigueña, de cabello muy negro , abundante , en ondas ; boca fresca , ojos como los que tantas veces alaba el Ramayana, como aquellos tan nobles y tan dulces de Sita, de figura de almendra. Las cejas arcos del amor. ¡Y cómo miraba! ¡Con qué franqueza y cuan sin malicia ni coquetería! miraba para ver, para enterarse... y no volvía á mirar! Eso era lo peor, no volvía á mirar. Lo peor y lo mejor. Caces estaba cansado de la especie de ley fisiológica y psicológica que hace de casi toda mujer una coqueta, frustrada, por lo menos.

En pocos días se enteró Caces de quién era la niña que cada vez le llegaba más adentro, que á sus años (cerca de cuarenta) le hizo sentir cosas parecidas á las más fuertes y memorables de su juventud, que había sido una continua orgía de idealidad apasionada. Gustaba á todos; pero los

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Tenorios de oficio la dejaban en paz, porque todo asedio era inútil. No hacía caso de nadie. Y esto con la mayor modestia. No era orgullosa, no afectaba desdén; no era fría, ni insustancial. Se adivinaba en sus ojos, en su boca, en su frente, en muchos gestos suyos, que había allí siete libros de amor posible^ cerrados con siete sellos. El caso era tener la claye.

Nadie se jactaba de haber sorprendido en Sita (como la llamaba Caces, antes de saber quién era) la menor señal de preferencia; nadie podía gozar esa dulce vanidad de sorprender que una virgen casta nos mire á hurtadillas, con relación á Sita.

Y Caces, que nunca había sido presuntuoso en materia de seducción, y menos que nunca desde que se iba haciendo viejo; Caces... con tanta sorpresa como placer tuvo que declararse (á sí mismo nada más) que la gran indiferente... había llegado á notar que él la miraba mucho; y que se le había conocido que lo iba agradeciendo; y que

gozaba al verse por Caces contemplada Y una

noche, en el teatro, Tomás notó que su amor último, primero se había retirado un poco, en su palco, tapándose con una columna, y que, en el último entreacto, de repente, se había adelantado, y se había apoyado en el antepecho, conmovida, llenos los ojos de efluvios de pasión, y que un momento, rapidísimo, se había atrevido á fijar la mirada en la suya, en la del periodista satírico en vaca-