Cuentos morales · Unidad 150 de 188

Unidad 150 · >F'LIRTATION)) LEGITIMA o37

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ciones. ¡Virgen santísima qué mirada, qué instante! Aquello sí que era gozar como á los veinte años, como si no hubiera el infierno del desencanto definitivo^ irremisible.

Para abreviar: aquello se repitió... una vez... dos... muchas.

Sita, con gran parsimonia, admitía (y ¡pagaba en billetes de mil pesetas^ es decir, con pocas pero muy ricas miradas) la adoración respetuosa^ apasionada en silencio, de Caces. Y así pasó el verano... y así comenzó el invierno en Madrid, donde se encontraron.

Caces, ya enamorado, y no sin esperanza^ había dejado de llamar Sita á la de los ojos dignos

de ser cantados por Valmiki. La llamaba Elena

Paredes. Por su nombre y apellido. Era hija única de don Diego Paredes, viudo.

«¿Por qué habrá dejado en paz al bueno de don Diego ese diablo de Masito? Ni por casualidad le alude en sus sátiras políticas.»

Asi decía la gente.

¡Qué había de burlarse de Paredes el pobre Caces, si tenía el ilustre procer aquella hija que robaba los corazones, y á él le tenía en el quinto cielo!

Trabajo le costaba echar de la pluma, á cuyos puntos se vení.i él sólo, el nombre del orador gro-

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tesco y soporífero; poro ¡no faltaba más! Aunque Masito suponía que Elena ignoraba las judiadas que él había escrito contra su padre, y creía que ella no leería su periódico, ni se metería en las quisicosas de la vida pública de don Diego, sin embargo, por delicadeza , por creerlo deber del amor, se abstenía de atacar ni citar siquiera al ilustre Paredes.

Mucho tiempo estuvo sin atreverse á pasar do su adoración muda; temía un fracaso por lo arriesgado de su intento. Elena era una buena proporción, bella^ de fama envidiable, y... muy joven. El no era rico... y no tenía nada de Adonis... y era ya, para tal niña, algo viejo.

Pero en una ocasión que le pareció propicia, y en que juzgó ridículo no aprovechar los momentos, Caces, con ciertos rodeos, con fina retórica natural y sencilla (la más capciosa retórica), entre pruebas de respeto mezclado de pasión indomable... se declaró verbalmente.

Sus palabras, su actitud, causaron hondo efecto en Elena Paredes.

Pero la sustancia de la respuesta fué como sigue:

«Yo no he querido á nadie todavía; tengo del amor una idea acaso exagerada; el hombre que primero me llamó la atención fué usted. Mi padre me había enseñado á admirar el talento de usted hace mucho tiempo, antes de conocerle de vista. Des-