Cuentos morales · Unidad 152 de 188

Unidad 152 · «FLIRTATIOND LEGITIMA 341

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riéndose y haciendo al público reirse de mi padre.»

Y como Caces no era un miserable, dicho se está que se quedó con las calabazas y sin aquel filón de sátira y caricaturas á la pluma que le proporcionaban las ridiculas pretensiones de don Diego Paredes, el pobre viudo, el padre de Elena, el ilustre procer , á quien tanto quería su hija única.

EL fiBllLERO DE LA ISA REL'0\DA

Ya hacía frío en Termas-altas; se echaba de menos la ropa de invierno y las habitaciones preparadas para defendernos de los constipados y pulmonías; el comedor, largo y ancho como una catedral, de paredes desnudas, pintadas de colores alegres que hacían estornudar por su frescura, tomaba aires de mercado cubierto.

Se bajaba á almorzar y á comer, con abrigo; las señoras se envolvían en sus chales y mantones; á cada momento se oía una voz imperativa que gritaba:

— ¡Cierre usted esa puerta!

Los pocos comensales se apiñaban á la cabecera de la mesa del centro^ lejos de la entrada temible. Detrás de la puerta de cristales que comunicaba con el vestíbulo de jaspes de colores del país, se veía, como en un escaparate, la figura lánguida del músico piamontés, de larga melena y levi-

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ta raída_, que paseaba unos dedos flacos y sucios por las cuerdas del arpa. Las tristes notas se ahogaban entre el estrépito del viento y de la lluvia, que azotaba de vez en cuando los vidrios de las ventanas largas y estrechas.

Diez ó doce huéspedes, últimas golondrinas valetudinarias de aquel verano triste de casa de baños, almorzaban taciturnos, apiñándose, como buscando calor unos en otros. Al empezar el almuerzo sólo se hablaba de tarde en tarde para reclamar con voz imperiosa cualquier pormenor del servicio. Los camareros, con los cuales ya se tenía bastante confianza para reprenderles las faltas, sufrían el mal humor de los huéspedes de la otoñada, como ellos decían. Se acercaba el día de las grandes propinas, y esto contribuía al mal talante de los bañistas, á darles audacia y tono de déspotas, y también á la paciencia de los criados.

Allí no se le tomaba á mal á nadie sus malos modos, sus quejas importunas; se contaba con ellos; era una ley natural; fondistas y camareros venían observando cómo se cumplía todos los años al ñn de la temporada. Además, también aquellos arranques de misantropía se ponían en la cuenta aunque disimuladamente. El dueño de las Termasaltas vivía con sus rentas, es decir, con sus bañistas. Presidía la mesa; oía las murmuraciones de los enfermos sin turbarse, sin... oirías, en rigor; ni él las tomaba á mal, ni los pupilos se i'ecatabau