Cuentos morales · Unidad 153 de 188
Unidad 153 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 345
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EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 345
para desahogar en sn presencia. Era un pacto tácito que ellos descargasen la bilis de aquel modo y que él no les hiciera caso. Ni se emprendían las reformas que se pedían ni se coartaba el derecho de reclamarlas.
Decir que aquello estaba perdido, que la casa amenazaba ruina, que el viento entraba por todas partes, que el agua mineral ya no estaba caliente siquiera, ni tibia; que en aquel país llovía demasiado en otoño, tal vez por culpa del señor Campeche (el dueño de los baños)^ era lo que constituía los lugares comunes de la conversación. Algunas veces el mismo señor Campeche se descuidaba, y no sabiendo de qué hablarle á un forastero, le decía de corrido, como quien repite una lección de memoria: «Pero ¿ha visto usted qué clima más endemoniado? ¡Siempre lloviendo! ¡Cómo se aburre uno aquí!»
Nadie diría que aquéllas eran las mismas Termas-altas que se abrían por primavera al público. En Mayo llegaba el señor Campeche rozagante, alegre, silbando y azotándose el vientre ampuloso con el puño de marfil de su junquillo; apeábase de su cochecillo de dos ruedas pintado de amarillo, reluciente; daba un vistazo á los baños, á la fonda , á los jardines, ya llenos de pájaros, locos de alegría, los primeros huéspedes; y tentándose el bolsillo, se decidía á emprender lo que él llamaba mejoras enfáticamente.
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Las mejoras se reducían á dar una mano de cal A todo el edificio, y A pintar los frisos azules de verde, ó los verdes de azul; también solía arreglar los grifos de los baños si estaban completamente destrozados, tapar alguna grieta, remendar tal cual pila de mármol falso; y para colmo de mejoras, blanqueaba el hospital de pobres viejos, que ostentaba en la miserable portada un presuntuosísimo letrero que decía, en griego, con letras gordas coloradas: «Gerontocomía.» Aquella palabreja solía aparecer en las pesadillas de los enfermos que acudían á Termas-altas.
Las primeras bromas de los bañistas noveles se referían siempre al rótulo griego: la mayor parte se marchaban sin saber lo que significaba. El mismo Campeche no estaba seguro de que aquello tuviera traducción posible. A una señora que acudía á las Termas desde treinta años atrás la llamaban doña Gerontocomía.
Además, había mucho lavoteo y mucho limpiar muebles y poner lo de allí aquí y revolverlo todo. Cuando llegaban los primeros bañistas, ya se sabía, todo lo encontraban cambiado de arriba abajo. Obreros y criadas iban y venían; no podía uno arrimarse á ninguna pared ni puerta, porque todas untaban, y el ruido de los ínartillos y sierras atronaba la casa; olía todo á aguarrás; el piso, de pino estrecho^ siempre estaba encharcado ó lleno de arena_, porque, en lo de fregar y de-