Cuentos morales · Unidad 155 de 188

Unidad 155 · ÉL CABALLERO DL LA MESA REDONDA 349

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ÉL CABALLERO DL LA MESA REDONDA 349

técnica, que significaba tanto como dar en el hito.

Famoso era, en tal concepto, hacía muchos años, un joven enfermo del hígado, de color de cordobiln, que en la ciudad no hablaba con nadie.

Una tarde de lluvia, aquel joven hipocondríaco llegó á caballo á los baños del señor Campeche. Se apeó, se acercó á un amigo, á quien preguntó con voz de sepulcro:

— ¿Es cierto que aquí hacen ustedes atrocidades?

— Sí^ señor, cierto...

— El médico me ha mandado mirar correr el agua, y distraerme. He visto correr las cataratas del Niágara... y como si fuese un surtidor... nada. Voy á ver si distrayéndome... voy <á hacer también alguna atrocidad... ¡este hígado!

Y, en efecto, se fué á la cuadra, montó otra vez en su caballo, picó espuela... y se metió en el comedor de la fonda, saludando muy serio á los presentes.

La broma produjo bastante iiiipresióii: algunas señoras se desmayaron; en fin, todo fué como se pedía; el joven del hígado enfermo, que en vano había visitado el Niágara, mejoró, recibió cordiales felicitaciones, y confesó que hacía muchos años que no se había divertido tanto. Sin embargo, algunos envidiosos comenzaron á murmurar, diciendo que aquello no era completamente original, que prescindiendo de Raimundo Lulio, quien se-

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gún la leyenda había entrado A caballo en la i^'lcsia si^^uiendo á una dama^ ya allí mismo, en aquel mismo comedor, se había presentado jinete en un burro garañón, y todo era montar, un diputado provincial, famoso por esto y por haberle rajado una ingle á un elector, de una navajada, años adelante. El joven del hígado supo que se murmuraba, y dispuesto á eclipsar á todos los diputados provinciales del mundo, al día siguiente se distinguió de una vez para siempre del vulgo de los bromistas con una hazaña que dejó la perpetua memoria á que antes me refería.

Y fué que, colocando, con gran trabajo, encima de la balaustrada de una galería abierta sobre el comedor, una gran cómoda, una tarde dejó caer el mueble, que bien pesaría dos quintales, sobre una de las mesas en que estaban comiendo hasta doce señoras y unos veinte caballeros.

No murió nadie, pero fué por casualidad: ¡el del hígado hizo lo que pudo!

La mesa y la cómoda se hicieron pedazos, el piso se hundió, del servicio de plata, cristal, etcétera, no se supo más; los síncopes pasaron de veinte, hubo tres desafíos, se marcharon catorce huéspedes.

Los más recalcitrantes tuvieron que confesar este hecho evidente: que como la broma de la cómoda no se había dado ninguna. En cuanto al señor Campeche, tuvo el buen gusto de no decir una