Cuentos morales · Unidad 156 de 188
Unidad 156 · GI. CABALLERO DE LA MESA REDONDA 351
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GI. CABALLERO DE LA MESA REDONDA 351
palabra al héroe de !a atrocidad; estaba en las costambres.
Nadie se explicaba^ satisfactoriauíente á lo menos, por qué en los meses alegres de Mayo y Junio, y aun en los del calor, Termas-altas era una Arcadia balnearia, y en otoño, un hospital triste, aburrido, frío, donde todos tenían mal humor.
Probablemente contribuiría el clima á esta diferencia. El paisaje era de los más hermosos del litoral del Norte; verdura por todas partes, colinas como macetas de flores, riachuelos, bosques, un lago de verdad, accidentes románticos del terreno, tales como grutas, islas en miniatura^ cascadas^ y hasta una sima en lo alto de un monte cónico, que el señor Campeche juraba que era el cráter de un volcán apagado. A los incrédulos les amenazaba con los testimonios escritos que constaban en el Ayuntamiento, allí^ á legua y media de la casa.
El cráter era el elemento legendario de aquella topografía, que había convertido en una industria el dueño del balneario.
Pero, si el país ofrecía tales delicias naturales, en cuanto empezaba Septiembre se aguaba la fiesta; nublas, vientos, aguaceros, días sin fin de lluvia fría y triste,, de horizonte de plomo, un frío húmedo que hacía pensar en el de la sepultura; tales eran los achaques de la estación en aquel delicioso país de panorama. En vano Campeche
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entonces enseñaba á los nuevos huéspedes fotografías del cráter y de las cataratas.
¡Si el cráter estuviera en ebullición, le decian, menos mal: se calentaría uno al amor del cráter!... En cuanto á cataratas... allí estaban abiertas las del cielo. ¿Por qué venían en otoño enfermos á Termas-altas? Porque, comprados ó no por Campeche, los médicos de toda la provincia aseguraban que la mejor temporada de baños, higiénica y terapéuticamente considerada, era la de Septiembre y Octubre.
De modo, que por el verano venían los que querían divertirse, y por el otoño los que querían curarse. Tal vez esto, no menos que las variaciones meteorológicas, era causa de la desigualdad de humores en las diferentes temporadas.
En aquellos días tristes del mes de Octubre, en que los huéspedes del gran hotel de Termasaltas se apiñaban hacia la cabecera de la mesa, en el comedor frío y húmedo, á los postres^ la conversación, antes floja y malhumorada, se animaba un tanto, aunque fuera para maldecir con nuevos alientos de la vida insoportable de aquel caserón y del abuso de las propinas. Se hablaba mucho