Cuentos morales · Unidad 157 de 188
Unidad 157 · i'AI.r.rKO DE LA MESA REDONDA 353
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también de la virtud curativa de las aguas, tópico de conversación que en la temporada primera era casi de mal tono. La mayor parte de los enfermos se declaraban escépticos, unos en absoluto, neírando la eficacia de toda clase de baños, otros con relación á los de Termas-altas.
Aquella mañana en que vimos detrás de la vidriera de la entrada al mísero piamontés del arpa disputar en vano al viento y á los chaparrones el privilegio de halagar las orejas de los comensales, la animación biliosa de última hora habia crecido 11 razón directa del mal humor taciturno con que 1 almuerzo había comenzado. Se negó allí todo: el cráter, las cataratas, las mejoras del establecimiento, la eficacia y hasta la temperatura oficial de las aguas, el buen gusto de las bromas pesadas del verano, la hermosura del paisaje, la existencia del sol en tales regiones, ¿y qué más? hasta la fama de bellas y no muy timoratas que gozaban las muchachas del contorno se puso en tela de juicio.
Un matrimonio tísico, de cincuenta años por ada lado, de gesto de vinagre, aseguró que las hicas de aquellas aldeas eran feas, pero honradas t fuerza de salvajes; y que las aventuras que se referían, no eran más que invenciones del señor Campeche para atraer parroquianos y gente profana, es decir, solterones sanos como manzanas, que no venían allí más que á alborotar.
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— No me parece muy correcto — decía el vejete, cuyas palabras sancionaba su mujer con cabezadas solemnes —no me parece muy correcto desacreditar á todo el sexo débil áe un partido judicial entero, con el proposito de llamar la atención y atraer gente de dudosa procedencia y de malas costumbres.
Este señor, que así hablaba, era fiscal de la Audiencia, y su mujer le ayudaba á echar la cuenta por los dedos^ cuando se trataba de pedir años de presidio, y de sumar ó restar en virtud de las circunstancias agravantes ó atenuantes. La íiscala se había acostumbrado de tal suerte al tecnicismo penal, que cuando le preguntaban cómo le gustaban los baños, sí muy fríos ó muy calientes, respondía:
— ¿Sabe usted? Me gusta tomarlos desde el grado medio al máximo.
Como siempre, negó aquella mañana el fiscal la hermosura de las muchachas del contorno y la facilidad de los idilios consumados al raso en aquellas frondosidades.
— Pues hombre — se atrevió á decir un don Canuto Canelo, antiguo procurador^ que respetaba mucho al fiscal, y le aborrecía mucho más, por j^edante, como él decía; — pues hombre, don Mamerto no tiene fama de embustero... y, con permiso de usted, señor fiscal, y salvo su superior elaterio... y su conocimiento del mundo... don