Cuentos morales · Unidad 159 de 188

Unidad 159 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 357

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EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 357

poner reparos á un liombre que es sagrado en Termas-altas.

Verdad es que hasta ahora el señor fiscal no ha dicho más que: «Ese don Mamerto...;» pero lo ha dicho dos veces, y se*?ún el coronel, á don Mamerto no se le llama ese; en fin^ él hipoteca las espaldas y asume toda la responsabilidad de lo que pueda ocurrir. «Y ¡ojalá ocurra algo— piensan muchos huéspedes — porque todo es preferible, hasta la muerte de un fiscal, á la monotonía de aquella existencia!»

El fiscal prevé un conflicto, porque ni su carácter, ni su dignidad, ni su posición social le permiten mostrar pusilanimidad, ni retirar palabras, ni aun dejar de decir las que tiene deliberado propósito de decir. En cuanto á la fiscala^ todavía tiene muchas más agallas que su marido: é irritada en su grado máximo, echa sapos y culebras, dispuesta á defender la dignidad de la toga como gato panza arriba, en el caso que su cónj'uge no se muestre bastante enérgico.

Pero se muestra; porque dice, cogiendo un cuchillo por la hoja y golpeando el mantel pausadamente con el mango, en señal de tenacidad de carácter_, y fijeza de opiniones, y serenidad de ánimo: — Señor coronel, nada he dicho que pueda ofenderle á usted ó al señor don Mamerto; pero toda z que usted se adelanta á mis juicios, con el anido cohibir ];^ libre manifestación de mi pensn-

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miento, he de decir, sin cambajes ni rodeos, todo, absolutamente todo lo que pienso del señor Anchoriz.

— Se guardará usted de decir nada que sea en su desprestigio

— Diré y digo, y tengo y mantengo, que el tal don Mamerto es un viejo verde

Ni la cómoda, que en día memorable^ cayó desde la galería sobre la mesa, produjo efecto más estrepitoso que el de estas palabras del representante del ministerio fiscal. Tal fué la indignación en los comensales^ hasta en los criados, que el mismo furor del coronel se perdió en el oleaje del general escándalo, y por aquella vez no pudo asumir responsabilidad alguna.

Fiscal y fiscala quedaron anonadados bajo el universal anatema, y aprendieron á respetar la opinión de la multitud y el peso de la tradición, ante los cuales poco vale el prestigio de la misma ley; y es de extrañar que el señor fiscal no supiera que ya en Roma la costumbre, esto es, la tradición, la historia, tenía fuerza superior á la ley escrita.

El coronel les llegó á tener lástima^, y no desafió ni al marido ni á la mujer.

Pero, menos delicado Perico, un camarero fanático de don Mamerto^ se encargó de dar á la pareja el golpe de gracia, diciendo modestamente, pero con la fuerza de los hechos consumados: