Cuentos morales · Unidad 160 de 188

Unidad 160 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 3o9

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 3o9

— El señor Anchoriz ha llegado esta mañana; se está bañando y ha dicho que vendría á almorzar en seguida.

Conmoción eléctrica. A don Canuto se le caen las lágrimas... Se le figura que ya no llueve... que ha vuelto la primavera... Todo lo perdona, y ;n pizca de ironía saluda al señor fiscal y señora, que se retiran dignamente á su cuarto después de una profunda inclinación de cabeza.

El coronel exige que no se le diga nada de lo ocurrido á Anchoriz; no quiere que sepa el pequeño servicio que acaba de hacerle saliendo por su honor.

— Estas cosas no se hacen para que se agradezcan, sino porque salen de dentro.

— Convenido; no se le dirá nada. Pero ¡qué alegría! ¡Ha llegado don Mamerto! No podía faltar. ¡Y qué delicadeza! Precisamente con aquel tiempo de perros. ¡Qué abnegación!

El piamontés del portal se levanta de pronto, y con pulso firme y potente arranca al arpa melancólica los acordes solemnes de la marcha real.

— ¡El es!— Todos en pie. — ¡Viva don Mamerto! — Las servilletas ondean como blancos gallardetes.— ¡Viva!

Don Mamerto Anchoriz, acostumbrado á estas

3(50 I.EOI'OLDO AI-AS

ovaciones, no se turbó un momento. Con el sombrero de píija fina negra y blanca, de ala estrecha yredonda, saludó al concurso, mientras la sonrisa majestuosa y benévola de sus labios finos y sonrosados brillaba bajo el bien rizado bigote, entre las patillas anchas, negras y lustrosas.

Era alto y fornido, de tez blanca y suave, de mano pequeña y delicada, con uñas de color de rosa. Sobre el vientre, un poco abultado^ poco, despedía relámpagos de blancura un chaleco de la más rica tela, y cazadora y pantalón de alpaca de seda gris completaban el traje de tan arrogante buen mozo, cuya pierna había, en todas las épocas de nuestra historia constitucional, sin contar las dos primeras, atraído las miradas de las mujeres de todas las clases sociales.

Desde los quince años había sido don Mamerto el mejor mozo de su tierra, y según la malicia, medio siglo llevaba de seducir casadas y solteras^ viudas y monjas, marquesas y ribeteadoras, aldeanas y bailarinas. Es claro que exageraba la malicia. Don Mamerto no podía tener setenta y cinco años ni mucho menos, pero sí era seguro que tenía muchos más de los que aparentaba; y no se diga de los que él confesaba, porque él no confesaba nada, ni de sus años se le había oído hablar nunca.

Lo cierto era que las generaciones pasaban y se sucedían, y Anchoriz era el mismo para todas