Cuentos morales · Unidad 161 de 188
Unidad 161 · EL C.\BAM,Er<0 DE LA MESA REDONDA o6l
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL C.\BAM,Er<0 DE LA MESA REDONDA o6l
ellas, el Anchoriz de patillas negras, de labios sonrosados, de ojos suaves y brillantes, de puños tersos blancos como nieve, de pantalón inglés del mejor corte, de arrogante apostura, de elegancia discreta, seria y sólida; el Anchoriz, eterno arquetipo de buenos mozos, adorno de toda fiesta, espectador de todo espectáculo, parte de toda alegría pública, elemento de la animación y de la algazara á todas horas y en todos sitios.
Jamás se le había visto en un entierro^ ni los enfermos le debieron visitas, ni dio limosnas en su vida, ni prestó un cuarto, ni hizo un favor de cuenta, ni votó á nadie diputado ni concejal, ni dejó de engañar á cuantos maridos pudo, ni de padres ni de hermanos se cuidó para seducir doncellas; y, sabiéndolo así toda la provincia, no había hombre mejor quisto en ella, y todos decían: — ¡Oh, Anchoriz! ¡Un cumplido caballero! ¡Y qué bien conservado!
También se decía de él que si hubiera leído hubiera sido un sabio, porque talento natural no le había como el suyo^ y del mundo sabía cuanto había que saber.
Xo era muy rico, pero vivía como si lo fuera. Durante muchos años no había tenido oficio ni beneficio, sino un hermano acaudalado con quien no vivía (porque su casa era siempre la mejor fonda del pueblo), pero que pagaba todos sus gastos, & lo que se creía; todo á pretexto de una herencia
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que no acababa de repartirse. Ni el hermano se qucyaba, ni el mundo murmuraba. Murió aquel pariente, y dividida la herencia, se vio ó se calculó que la parte de Mamerto era exigua; mas él había seguido siendo el mismo, feliz, bien comido, elegante, sin privarse de nada. Por fin se había descubierto que de poco tiempo á aquella parte era Anchoriz administrador general del duque de Ardanzuelo, aunque nada le administraba, porque los mayordomos particulares del duque se lo daban todo hecho á Mamerto.
El palacio del magnate estaba á la disposición del administrador general; y por ostentación, por vanidad ó por lo que fuese, haciendo un paréntesis en su vida de fonda, Anchoriz se fué á vivir al gran caserón de Ardanzuelo. Sin embargo, la comida la hacía traer de la fonda. Pasaron seis meses, y el público notó que Anchoriz adelgazaba y palidecía.
¡Anchoriz triste, Anchoriz malucho! ¿Iba á acabarse el mundo? Los médicos más distinguidos de la ciudad se creyeron en el deber de estudiar al enfermo, sin alarmarle, por supuesto. No pudieron dar en el quid de la enfermedad. Fué él, Mamerto mismo, quien acertó con el diagnóstico y la cura. Una tarde se presentó en la cocina del Hotel del Águila, su antigua vivienda; se acercó al cocinero, y sonriendo, después de darle una palmada en el hombro, exclamó: