Cuentos morales · Unidad 162 de 188
Unidad 162 · EL CABALLERO DE LA MeSA REDONDA 363
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EL CABALLERO DE LA MeSA REDONDA 363
— Perico, pon hoy tropiezos en la sopa.
— ¿En qué sopa?
— En la de casa, en la sopa de todos
— Pero... ¿el señorito come aquí hoy?
—Sí, hoy^ mañana., y todos los días; pon tropiezos.
Los tropiezos eran pedacitos de jamón, aderezo familiar de la sopa, que Mamerto amaba como un dulce recuerdo del hogar paterno; él, que en la comida era un perfecto gentlemán y había sabido despreciar desde muy joven la cocina española y burlarse del puchero y los guisotes, comía, siempre que podía, sopa grasienta con pedacitos de jamón, lujo de los grandes banquetes de su padre á que para toda la vida se había aficionado. Era el único recuerdo que consagraba á la tradición, á la familia. No creía en la religión de sus mayores (aunque tampoco se metía con ella para nada, según su frase); no creía en los buenos resultados de la monogamia, ni en los afectos naturales engendrados por la sangre; no creía en la patria; no creía más que en la sopa con tropiezos. Era su única preocupación, su única antigualla.
Cuando él vivía en la fonda se comía á menudo la sopa de don Mamerto.
Al oír aquella noticia, el cocinero se enterneció, se enterneció el pinche, y las muchachas encargadas de la limpieza de los cuartos lloraron de alegría, ó cantaron, según el temperamento. El
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número 6, que había sido durante tantos años de don Mamerto, estaba vacío desde que 61 lo había dejado. Allí volvió aquella misma noche. La viuda de liria, dueña del hotel, dijo solemnemente á los criados que aquel día era inolvidable para la casa.
Cuando el huésped querido ocupó en el comedor el puesto de la mesa que tantos años había sido suyo, hubo en la estancia un silencio elocuente, una emoción profunda en criados y comensales antiguos.
Los huéspedes nuevos miraban también con respeto al héroe de la noche. En cuanto á Mamerto, risueño, impasible, con los ojos en el plato sopero, enfriaba su sopa de tropiezos con la naturalidad y modestia y tranquila parsimonia que eran sus rasgos característicos.
Se conocía que, como siempre en situación semejante, aquel hombre no pensaba más que en la sopa.
Aquella sencillez con que supo volver á sus hábitos el caballero sin tacha, recordó á un comisionista erudito el caso de Fray Luis de León cuando volvió á su cátedra de Salamanca después de su larga prisión: — «Decíamos ayer,» había dicho Fray Luis. Pues Mamerto parecía estar diciendo: —Comíamos ayer
Desde que volvió á la fonda, se notó por días, casi por horas, la mejoría. En pocas semanas vol-