Cuentos morales · Unidad 163 de 188
Unidad 163 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 365
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EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 365
vio á ser el mismo de siempre, y la ciudad durmió tranquila.
Jamás había estado enfermo, ni pensaba estarlo.Muchas y muy complicadas eran las causas que contribuían á esta perfecta salud, que era la suprema ambición de Anchoriz, su única ocupación seria; pero si algún entrometido se atrevía á preguntarle:— Hombre, ¿qué receta tiene usted para estar siempre bueno? — Mamerto contestaba sonriendo:— No lea usted nunca después de comer.
Y si el que consultaba le merecía algún interés, añadía Anchoriz: — Ni antes.
Es claro que esta receta vulgar la daba para despachar á los importunos; su sistema higiénico, su filosofía, no era cosa que pudiera exponerse como los aforismos médicos de un sacamuelas. ¡Ahí era nada! ¡Querer inquirir el secreto de una salud inalterable!
Ciertamente que en el programa de su vida, siempre sana^ entraba la abstención de la lectura; pero no era esto sino parte muy secundaria del sistema.
¡Leer! Claro que no; ¿para qué? La lectura su-
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ponía cierta curiosidad nociva, una impaciencia espiritual, una falta de equilibrio que contradecían las condiciones del bienestar verdadero. En rigor, el no leer, más que causa de salud, era efecto de la salud; no estaba sano porque no leía, sino que no leía... porque estaba sano.
Nada de cuanto pudiera decir un escritor podía importarle á él absolutamente nada.
No aborrecía Anchoriz la literatura y la ciencia^ no; las despreciaba como despreciaba las boticas, y á los boticarios, y á los médicos, y á los enfermos. Ante un ataque de nervios, ante un rasgo de heroísmo, ante un chispazo de ingenio. Mamerto sonreía con lástima; todo aquello era lo mismo: desequilibrio, anuncio de pronta muerte, una idea equivocada de la existencia. No concebía un desafío, ni una mala palabra, ni una buena obra. El principio de la vida era el egoísmo absoluto. Sacrificar á los demás algo que fuera más allá de los servicios que impone la cortesía, era perderse. No hacer jamás nada en bien del prójimo, era obra dificilísima, casi milagrosa; cierto, por eso él no había conocido más hombre feliz que uno: Mamerto Anchoriz.
De este gran principio del egoísmo absoluto nacían todas las reglas de conducta, que daban por resultado aquella plácida existencia, que Anchoriz pensaba prolongar indefinidamente. ¿Había de morir? Allá se vería. Todas las afirmaciones ro-