Cuentos morales · Unidad 164 de 188
Unidad 164 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 367
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EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 367
tundas le empalagaban; no había nada seguro respecto de nada; el que hasta la fecha se hubiesen muerto todos los hombres conocidos, no era una prueba absoluta de que en adelante se muriesen todos también.
La ciencia decía que todo organismo se gasta,
que todo lo infinito perece ¡Conversación! ¡La
ciencia decía tantas cosas! El no negaba la posibilidad y aun la probabilidad de la muerte; pero, en ñn, no era cosa segura, lo que se llama segura, y esto bastaba para su tranquilidad. Lo importante además no era este aspecto metafísico y abstracto de la cuestión, sino su aspecto práctico, es decir, el no morirse.
— Mientras yo viva, poco importa que sea mortal. Una cosa es mortal y otra cosa es muerto. — Recordaba haber oído que, según Buffon, todo hombre, por viejo que sea, puede tener la legítima esperanza de vivir todavía un año. Gran sabio era, sin duda, este señor Buffon, y digno de no haberse muerto. El_, Anchoriz^ pensaba tener siempre el cuerpo en disposición de funcionar más de un año; y así, la muerte, que al fin era, por lo que á él se refería, sólo una palabra, una amenaza, una creación fantástica, iría retrocediendo, y la vida ganándole terreno. Por otra parte, él sabía cómo morían esos ancianos que son ejemplos de longevidad: acaban como pajarillos, como recién nacidos. Se extinguen sin lamentos; en ellos el estómago y
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toda la vida vegetal sobrevive al cerebro y á cuanto anuncia la existencia del alma
Pues morir así, en rigor, tampoco es morir. El esperaba, suponiendo lo peor, esto es, morirse al cabo, pasar á mejor vida cuando ya no lo sintiera... y expirar como un viejecito, á quien había conocido pregonando: — ¡Quesos de Villalón! ¡El quesero!— desde el lecho de muerte, y jurando y perjurando que ya era la hora de comer No, aquello
no era morir Y allá... hacía los ciento veinte
años... y pico... ¡qué diablos!, el trago no era tan fuerte. En todo caso, ya lo pensaría.
Y entretanto vivía tranquilo, sereno; sub specie ceternitatis .
Así era el hombre á quien con tanta alegría y solemne agasajo recibieron los comensales de Termas-altas, tan aburridos poco antes en aquel comedor frío y húmedo, en aquella mañana de la otoñada triste.
Por de pronto, nada se le dijo del incidente de los fiscales; toda la conversación fué para las noticias frescas, picantes, que traía de la ciudad don Mamerto.