Cuentos morales · Unidad 165 de 188

Unidad 165 · ÉL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 3tí9

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ÉL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 3tí9

Bodas, bailes, escándalos de amor y del juego, romerías... de todo esto desembuchó el floreciente gallo, muy satisfecho porque podía con tal abundancia saciar la curiosidad de aquellos buenos amigos (á muchos de los cuales sólo los conocía para servirlos... de mentirijillas). El coronel le preguntó después qué había de la guerra civil, y qué de una explosión de grisú en las minas de Langreo. Anchoriz puso cara compungida, se limpió los labios con la servilleta y declaró que de tan lamentable catástrofe y de las luchas de nuestros hermanos no tenía la más insignificante noticia.

Y poco después jugaba al tresillo en la sala de recreo (¡de recreo, y tenía un piano que tocaban á ocho manos los bañistas! i sonriente, seguro de ganar á unos chancletas que se consideraban muy honrados con tal compañero, tan fino, tan jovial, y á quien no había quien diese un codillo.

Por la noche, gracias á la influencia de Anchoriz, se reanudaron los rigodones y la Virginia, que no se bailaban desde fines de Julio. Don Mamerto no solía bailar; pero en aquella velada memorable se dignó invitar á una dama que metida en un rincón detrás de una mesa de juego, con cara de pocos amigos, parecía estar despreciando todas aquellas frivolidades mundanas, con gesto avinagrado y haciendo calceta. Sí, calceta; no se avergonzaba de ello.

Era la fiscala. Anchoriz ya sabía (se lo habían

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dicho al lomar café) el incidente del almuerzo. Por lo mismo, se iba derecho al enemigo, seguro de vencerlo.

En efecto, después de una repulsa y varios melindres, la fiscala en persona salió á bailar del brazo de don Mamerto. Una salva de aplausos acogió á la pareja. ¡Lo que es la gloria! A la fiscala se le puso cara de Pascua.

La vanidad le llenaba el mezquino espíritu. Poca vanidad bastaba para llenar recinto tan estrecho. Sin más que una finísima invitación, una mirada de caballero galante, algunas sonrisas en que la salud y la buena sangre hacían veces de poética espiritualidad, Anchoriz había conquistado á la fiscala. Esta señora, al sentir su brazo sostenido por el de aquel buen mozo... de hoja perenne, es decir, siempre en sus verdores, vio el mundo, y á don Mamerto particularmente, desde otro punto de vista,

bajo el punto de vista de las flores,

y perdonó á Anchoriz... porque había amado mucho.

Cinco ó seis días estuvo nuestro héroe haciendo las delicias de los rezagados de Termas-altas. Y buena falta hacía animar y consolar á los que se quedadan, porque los que dejaban el balneario parecía que se llevaban la alegría.

— ¿Qué será — decía la fiscala á don Mamerto,