Cuentos morales · Unidad 166 de 188

Unidad 166 · EL CABALLERO DK LA MESA REDONDA 371

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EL CABALLERO DK LA MESA REDONDA 371

á quien llegó á hacer confidente de cierto romanticismo histérico que tenía ella debajo del Código penal en que consistía lo más de su corazón; — qué será que toma una tanto cariño á todas estas personas que conoce de tan poco tiempo; y que al despedirse de cada cual parece que se le deja llevar un pedazo del alma? ¿Será la intimidad del trato, lo excepcional de las relaciones en estos sitios y en estas circunstancias?

— Sí, señora — contestaba don Mamerto, sonriendo— algo es eso; pero la causa principal de este sentimentalismo de final de verano consiste en la mucha fruta que se come y en la salsa de tomate. Estos alimentos debilitan... y los nervios se exaltan... y de ahi ese repentino amor al prójimo y tendencia á ver en todo lo que pasa y se va motivo de melancolía...

— ¡El tomate! Estas tristezas que causan estas ausencias... ¿las produce el tomate?...

— Sí, señora: pero sobre todo, la fruta; la de hueso particularmente. Los melocotones crían bilis y la bilis engendra esas penas de tan frivolo motivo.

Por lo demás , á Anchoriz no le costaba trabajo procurar la alegría de los otros, porque él estaba como unas castañuelas. A pesar de la fruta, no le importaba un bledo de los que se iban ni de los que se quedaban; con tal que no faltase gente, que fueran estos ó los otros, le importaba nn raba-

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no. Por eso no comprendía cómo se afligían tanto algunos cuando se moría alguien. «¿Por qué lloran las muertes y se festejan los nacimientos? Vean ustedes el periódico — exclamaba. — Parte de la alcaldía: día de hoy; cuatro defunciones, seis nacimientos. Vamos ganando dos. Y siempre es lo mismo.»

Así era que en los anuncios de marcha de los bañistas él veía nada míis motivo de diversión. A pocas simpatías que hubiese ganado en el establecimiento el huésped que se despedía, Anchoriz organizaba, con ocasión del viaje, una jarana, una broma de buen gusto, que consistía en confabularse muchos de los bañistas, hacerse los distraídos á la hora de las despedidas y dejar que se amoscase el que se marchaba, creyendo que se le olvidaba y no se le decía adiós. Y cuando iba á montar en el coche que debía llevarle á la estación, ¡zas! la manifestación salía al pórtico, en formación solemne, cantando la marcha real y tocando los platillos con piedras del río. Y el amoscado huésped se marchaba contentísimo, satisfecho de su popularidad en el balneario, y seguro de que allí dejaba una porción de verdaderos amigos, no menos firmes por poco probados.

Y Anchoriz, que tan buen amigo de esta clase era, tan fiel á la amistad en el holgorio y tan decidido á no acompañar á nadie en el sentimiento, ¿qué pensaba de la amistad de los demás respecto