Cuentos morales · Unidad 167 de 188

Unidad 167 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 373

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EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 373

de él? ¿Sería un escéptico?i¿Negaríase toda esperanza de que los demás fueran con él más caritativos que él con los demás? No; no pensaba en eso. Desechaba por importunas estas comparaciones, como la idea de la muerte. No quería meterse en honduras, averiguando adonde llegciba el egoísmo ajeno. Estas investigaciones no le convenían al suyo.

Si el hombre era malo, egoísta, lo mejor era no tener ocasión de llegar á conocerlo por experiencia. Por lo cual, sin decidir la cuestión en sentido pesimista, por si acaso, Anchoriz hacía con la amistad, lo que don Quijote con la segunda celada no la ponía á prueba. Y su egoísmo, agarrándose al interés, á toda ganancia posible, al amparo de la ley, que asegura lo que se ganó, con caridad ó sin ella, procuraba vivir sin necesitar de nadie, á fuerza de no hacer nada por quien pudiera neceitar del alegre y servicial don Mamerto.

La alegría, algo afectada, por lo mismo que todos temían la tristeza de la soledad y del mal tiempo, que se iban acentuando, había llegado al colmo, gracias siempre al señor Anchoriz, cuando una mañana, por cierto de excepcional hermosura en el cielo, de sol esplendoroso y brisa templada, un camarero anunció en el comedor, que don Mamerto no bajaba á comer á la mesa redonda porque se sentía algo indispuesto.

Todos los comensales se volvieron hacia el portador de tal noticia.

374 LEOPOLDO ALAS

— ¿Está en la cama? — preguntaron muchos.

— Sí, en la cama; y ha mandado al doctor Casado que vaya á verle.

— ¡Anchoriz en la cama! ¡Al mediodía!

Consternación general; y aún más que eso, asombro; así, como si el sol á las doce del día no hubiera dejado todavía' las ociosas plumas de su clásico lecho, ni los brazos de la deidad con quien el mito le supone amontonado.

Sin acabar los postres, una comisión del seno... de la mesa redonda fué á visitar á don Mamerto á su cuarto, sin perjuicio de que todos los bañistas, uno por uno, acudiesen después á cumplir con este deljer elemental, como lo calificó el representante del ministerio público^ que, aunque á regaña dientes, se había reconciliado con el Tenorio averiado, gracias á la inñuencia de la fiscala.

El médico del establecimiento, muy amigo de divertirse y de tratar en broma la medicina, particularmente la hidroterapia, apenas había querido tomar el pulso ni mirarle la lengua á don Mamerto. «¿Qué había de tener Anchoriz? Nada. Al día siguiente ya estaría á las ocho tomando una