Cuentos morales · Unidad 168 de 188
Unidad 168 · EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 375
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EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 375
lucha...» Pues no estuvo. En vez de la ducha, tuvo i [Me tomar con paciencia los 39 grados de fiebre con que Dios quiso... no probarle, que demasiado s.ibía Dios qué sujeto era Anchoriz, sino mortificarle.
Los dos. primeros días de enfermedad don Mamerto, con la mayor finura del mundo, no permitió que los amigos y amigas que venían á verle
ntraran en su alcoba^ no podían pasar del gabinete, que era como los demás de la casa, es decir, los de primera clase: con esta diferencia, que la mesa y la cómoda parecían escaparate de objetos (le tocador: docenas de peines, de cepillos para la cabeza, para las uñas, para los dientes; jeringuillas á docenas también; cientos de botes, frascos, tarros, barras de cosméticos; triángulos de tul para tijar las guías del bigote; cajas de jabón; misteriosos arteftictos de química, aplicada á la senectud itífractaria; y mil cachivaches más de estuche, de neceser, de cuarto de cómico.
Desde el gabinete se le hablaba, y en la alcoba sólo entraban el camarero y el doctor. Al principio don Mauíeito contestaba á las almas caritativas
iue le iban á preguntar por la salud, precisamente cuando la había perdido, con gran amabilidad, esforzando la voz para que le oyeran bien desde fuera, con el tono correcto y finísimo y jovial de siempre. Parecía pedir perdón al público por aque- ► lia molestia que le causaba tan inoportunamente
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cayendo en cama é interrumpiendo la general alegría, que él había renovado. Tampoco él creía en la importancia de su mal á pesar de la fiebre; en este punto estaba de acuerdo con el médico de la casa. ¿Malo de cuidado él? No faltaba más.
Pero como la cosa se iba haciendo pesada, la fiebre no cedía, la debilidad iba trabajando^ el cuerpo se le molía y el aburrimiento le asediaba, don Mamerto, por las molestias, y el doctor, por la fiebre, empezaron á alarmarse.
La gente invadió la alcolm y el enfermo no tuvo fuerza para resistir la invasión. Es más: aunque tenía sus motivos para no dejar entrar á nadie, pudo más el deseo de ver seres humanos en rededor, de encontrar caras amigas que pudiesen mostrarle con gestos de compasión que participaban de su disgusto, aunque fuera en cantidades exiguas. Quería apoyarse en el prójimo para padecer; enterar al mundo entero de aquel disgusto tan interesante: la enfermedad de Anchoriz; hasta deseaba contagiar el dolor á los demás, para ver si así él se libraba de penas.
Los bañistas, al ver en el lecho del dolor á don Mamerto, se hicieron cruces... mentalmente. ¡Lo que somos I ¡Es decir, lo que era Anchoriz! Con cuatro ó cinco días de fiebre, y de no pintarse, veinte años se le habían echado encima.
Parecía decrépito: parecía su padre resucitado. Bien conocía él qué efecto causaba, pero ya no es-