Cuentos morales · Unidad 169 de 188
Unidad 169 · EL CABALLERO HE LA MESA REDONDA 377
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EL CABALLERO HE LA MESA REDONDA 377
taba para vanidades y coqueterías; quería que le compadeciesen, ante todo. Y sí; le compadecían; y le hacían mucha compañía, demasiada; parecía aquello un jubileo. ¡Qué entrar y salir! Todos le querían velar. Todos querían llevar cuenta con las horas de tomar medicinas y con las clases y porciones de éstas. Tocaron á poner sinapismos en las pantorrillas... y resultó que nadie sabía hacerlo con aseo y eficacia más que la fiscala. Esta señora no vaciló un momento^ y los puso con gran pulcritud y manos de madre. Era de las damas que más asiduamente visitaban al enfermo; pero ya había notado Anchoriz que tomaba precauciones para no hacer ruido, para no molestarle, que tenían en olvido todos los demás. Cuando la sintió ponerle los sinapismos, advirtió, en la suavidad y calma con que la angulosa dama le movía el cuerpo y la ropa de la cama, algo así como un tierno recuerdo de la lejana infancia; pensó en la madre que había perdido muy pronto. Aunque era tan fea, sobre todo tan ridicula por su figura, por su empaque y por sus cómicas manías, le tomó apego y quiso que ella le arreglase el embozo y las almohadas. Era una delicia sentirla maniobrar con movimientos tan delicados y eficaces, que parecían caricias y medicinas.
Don Mamerto, con la debilidad, se hacía más observador, y empezó, como todo buen crítico, á ser algo pesimista respecto de las pequeneces de
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la vida ordinaria. No era oro todo lo que relucía. Echaba de ver que, los más, tomaban al cuidarle como un entretenimiento. Muchos hacían que hacían. Y no pocos empezaban á cansarse. Algunos ya escaseaban las visitas y atenciones. Otros se le despidieron porque se les acababa la temporada, y le dejaron solo:, es decir, sin el ancho mundo que ellos ¡egoístas! iban á cruzar, á correr, ¡á gozar!
¡Cosa más rara! El Anchoriz enfermo acabó por notar un gran parecido entre el carácter de todas aquellas personas tan sanas que le iban abandonando, y el carácter del Anchoriz, robusto y frescote, que él si3mpre había sido. Hacían con él lo que él siempre había hecho con todos. Pero no era lo mismo. En los demás no estaba bien.
Aquel buen tiempo que parecía haber traído consigo Anchoriz, se fué al traste; los aguaceros volvieron á poner sitio á Termas-altas; parte de la guarnición sitiada se rindió al enemigo, el hastío, y salió de la plaza sin honores de ningún género, porque ya no estaba allí, á la puerta, don Mamerto, para despedir á los que escapaban, con la marcha real.
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Unos le decían adiós y otros no. El fué notando la soledad. Sintió el terror de quedarse allí, atado al lecho, mientras poco á poco todos los bañistas iban desfilando. Ya era aquello un sálvese el que pueda.
En sus manías y aprensiones de enfermo, llegó á sentir la falta de sociedad, como él decía, tanto como la enfermedad misma: la fiebre le convertía el aislamiento en una desgracia, ^lás era. El quedarse tan solo, metido en aquel cuarto de una casa de baños, lo relacionaba él con la respiración, y cada vez que le anunciaban: «Se ha marchado también don Fulano», se le figuraba que le faltaba aire.
Quería oir ruido, aunque le molestase.
El médico le aconsejaba silencio y obscuridad, y él buscaba estrépito y luz. Hizo que le trasladasen la cama al gabinete-, y de noche, mientras duraba la tertulia de los pocos huéspedes que quedaban, en el salón, que estaba más cerca, don Mamerto mandaba que abrieran la puerta de su habitación para oir fragmentos de las conversaciones. Se jugaba al tresillo, y lo que oía más á menudo era: «Espada, mala, basto. Estuche... Codillo...» y otras lindezas por el estilo.
Parecía mentira que hubiese en la casa personas que diesen tanta importancia al basto y aun á la espada, estando él tan ni.ilitd, romo sin duda sc iba poniendo.