Cuentos morales · Unidad 170 de 188
Unidad 170 · 380 LEOPOLDO ALAS
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380 LEOPOLDO ALAS
Si^ muy malo; valga la verdad. Lo sentía él, y además lo comprendía por ciertas señales: veía que el médico, Campeche, los criados, le trataban con el rencoroso cuidado que un enfermo grave inspira á los extraños que tienen que asistirle.
Aquello no era lo tratado: el Anchoriz sano, alegre como unas castañuelas, siempre sería muy bien venido; Anchoriz meramente indispuesto... podía pasar, hasta tenía cierta gracia por la novedad del caso. Pero Anchoriz... en peligro de muerte, y exigiendo días y días, noches y noches atenciones sin cuento... francamente era una sorpresa dolorosa. Una broma pesada.
O por darse importancia, ó porque fuera verdad, el médico dejó correr la voz de que acaso, acaso aquello degeneraba en tifoidea.
La frase, con la tal degeneración, no debía de ser suya, pero el temor á la tifoidea, sí.
A los pocos días ya no sintió Anchoriz las voces del salón; en vano hacía abrir la puerta; ya no oía: mala, basto, rey, fallo... Parecía mentira, pero aquellas palabras sin sentido ya para él, estupidas^ indiferentes, frías, habían llegado á hacerle compañía; le hablaban de ana humanidad que existía, aunque muy lejana, muy lejana; eran como un barco que un náufrago ve en el horizonte... una, esperanza que pasaba á muchas millas de sus ahogos.
Acabó el tresillo, acabó la tertulia; acababa to-
EL Caballero de la mesa redonda 381
do; el señor Campeche tuvo que marcharse: ya no había huéspedes; ya se había despedido el cocinero francés extraordinario,\si servidumbre también se había reducido muchísimo... Aquello estaría ya como en invierno..., sino fuera la inoportuna enfermedad del señor Anchoriz. El médico también se impacientaba. Oficialmente ya no tenía obligación de estar allí. Se habló de trasladar al enfermo á la capital. Imposible.
No hubo más viaje que volverlo á la alcoba, que le pareció antesala de la sepultura. En aquel antro apenas conocía á las pocas personas que se le acercaban. A la ñscala, sí; la conocía por el tacto, por la dulzura maternal con que le movía en el lecho, con que le arreglaba las almohadas y el embozo. Los fiscales no se habían marchado. El tenía licencia larga y ella mandaba, por las buenas, en su marido Eran ridículos, tiesos, á la antigua española; tenían ideas muy atrasadas y muy esclavas del niecanismo legal en asuntos de derecho; eran rigorosos y rutinarios en materia penal, porque lo era el Código; pero, por lo visto, eran excelentes personas. Acaso él no era más que un marido dominado por su mujer; pero ella, estuviera ó no enamorada de Anchoriz, como se había susurrado, sin respetar sus años, era, por los resultados á lo menos, un alma caritativa.
Sin la fiscala, Anchoriz hubiera muerto como un perro; como un perro asistido por camareros.