Cuentos morales · Unidad 171 de 188
Unidad 171 · 38á LEOPOLDO ALAS
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38á LEOPOLDO ALAS
No murió así. Fué de otro modo. Una noche, mientras le velaba un mozo de cocina... durmiendo á pierna suelta y roncando, don Mamerto so sintió muy mal. Llamó, dio gritos, no muy poderosos, y todo fué inútil.
Como si ya estuviese enterrado y despertara en la caja, empezó á da'r puñetazos y patadas á la pared; no quería morir sin testigos... sin lástima. El mozo, nada, como un tronco. El pobre se había levantado á las cinco de la mañana, y había trabajado mucho.
Anchoriz, que no había necesitado soñar para tener en la vida muchas veces delante de sí encantadoras y voluptuosas apariciones, dignas del ensueño, en figura de mujeres esbeltas, lozanas, que en traje muy ligero se acercaban á deshora á su lecho de solterón, aliora veia_, soñando, delirando tal vez, que de la obscuridad^ que la luz de una lamparilla no hacía más que acentuar con un tinte de palidez, surgía un fantasma anguloso, flaco, la muerte con una coña, figura de danza macabra.
No era la muerte; era lafiscala, en camisa, con las manos colocadas como aconsejaba el pudor postumo; horrorosa en su fealdad de media noche, pero movida por un espíritu de caridad, que no se destruía por completo, aunque la malicia tuviera razón, y viniese con el refuerzo de cierta curiosidad lasciva inútilmente, ó ridiculamente románti-
EL CABALLERO DE LA MESA REDONDA 383
ca y amorosa. Ello era que había que contentarse con lo que había.
La humanidad no ponía á disposición de Anchoriz en aquel trance supremo más que una vieja desdentada, fea, solemne y ridicula, llena de preocupaciones, y un poco piadosa.
Tal como era, se acercó al moribundo; y como no hubo tiempo para más, para llamar médico, cura, ni siquiera criados, ella sola se las arregló como pudo; y en los últimos momentos de extraña lucidez del gran egoísta, le habló de consuelos celestiales, le abandonó con ternura una mano escuálida, á que él se cogió, apretándola, como si así pudiera agarrarse á la vida, y, como lloró él, y lloró ella, y hay lugares comunes cristianos que en ciertos momentos recobran nna sublimidad siempre nueva, que sólo entienden los que se ven en supremos apuros, acaso acaso lo que pasó entre la vieja y el libertino, entre la honrada fiscala y el viejo verde^ fué la aventura de faldas más interesante con que hubiera podido entretener á los comensales de la mesa redonda el solterón empedernido... sí hubiera podido contarla.
TjJ^ t^ra.
Pasillo cómico.
Efectivamente: el teatro representa un pasillo en una fonda. Una dama elegante, minee y fj'éle, que diría un traductor, envuelta en un manto, á ser posible misteriosamente, se detiene delante del cuarto número 13. Llama discretamente á la puerta con los ¡oh prosa! nudillos de la mano derecha, (derecha, no del espectador, sino de la tapada). Se abre la puerta, entra la dama y termina la primera escena, que como ustedes ven, es muda. No se rompen moldes^ ni siquiera un plato, á lo menos por ahora.
Escena segunda.— Xi vista ni oída. El pasillo solo.
Pasa... un buen rato. Llega un caballero que cstéi pasando un mal rato... pero esto ya constituye la escena tercera. Se conoce que está disgustado en que blasfema entre dientes ( ¡adiós, moldes!)