Cuentos morales · Unidad 173 de 188

Unidad 173 · 388 LEOPOLDO ALAS

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388 LEOPOLDO ALAS

López. — (En el cuarto número 13, donde se cierra por dentro, con Pérez.) Está, bien; pero como yo estoy seguro de que mi mujer se ha metido aquí. . . porque la conozco. . . y he sorprendido con. . . en fin, ¡como yo sé que está aquí!... y no se habrá tirado por el balcón^ ni aquí hay puertas falsas, ni está entre esos colchones (dando palos sobre las camas), y ese armario está cerrado... tiene que estar ahí dentro. Abra usted ó lo abro yo á tiros.

Pérez (con cierta energía).— De ningún modo. Ahí guardo yo un secreto, un secreto de industria que no puede ver nadie. Yo le daré á usted todas las pruebas racionales que quiera y se me ocurran para convencerle de que es absurdo pensar que ahí dentro esté una mujer; pero abrir, de ningún modo. Primero doy parte á la policía, ó grito diciendo: «¡Socorro, ladrones!»

López. — ¡Señor Pérez!

Pérez. — ¡Señor López! ¡Ah, se me ocurre una idea! Voy á convencerle á usted de que es imposible que su señora de usted esté ahí dentro. Aguarde usted cinco minutos. Queda usted en su cuarto... es decir, en el mío: vigile usted para que no se escape... y soy con usted en seguida.

Desaparece Pérez, y López se queda. contemplando su terrible figura en el espejo del armario cerrado.

No hay monólogo, aunque no estaría del todo mal; ni sería contrario á las leyes naturales que

López increpase hipotéticamente á su mujer, en el ipuesto de que estaba en el armario.

Vuelve Pérez acompañado de cuatro mozos de cordel, que son como armarios en lo de no hablar, cargados con una báscula que le han prestado á Pérez en la portería de la fonda. Paga Pérez á los mozos y los despide.

López. — ¿Para qué es eso?

Pérez. — ¿Sabe usted^ señor López, aproximadamente, cuánto pesa su señora de usted?

López. — ¡Como que es mi cruz! Sí, señor, yola hacía pesarse muy á menudo, porque la quería mucho, y me preocupaba verla tan delgada... La última vez que se pesó, hará una semana, pesaba 50 kilos.

Pérez. — Perfectamente. El artefacto que yo tengo ahí dentro, y que es mi secreto, pesa algo, pero mucho menos que puedo pesar una mujer. Bueno; pues ahora, vamos á pesar los dos armarios. Primero éste, el abierto, para conocer la tara del otro; pesemos después el cerrado^ y la diferencia acuirá el peso del artefacto, que es mi secreto. Verá asted que pesa mucho menos que su señora de usted... y se marchará usted y me dejará tranquilo.

López (después de pensarlo). — Convenido. Mi mujer es capaz de ocultarme cualquier cosa... pero lo que pesa... No puede ocultarlo.

Entre los dos colocan el armario abierto sobre