Cuentos morales · Unidad 180 de 188

Unidad 180 · 406 LEOPOLDO ALAS

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406 LEOPOLDO ALAS

tercetos; se pasaba media hora sentada en su trono, sin que nadie le hiciera caso, y cuando se permitía cantar, tres ó cuatro veces en toda la ópera, lo hacía en melodías de dolorosa resignación, sin grandes gritos: y dejándose, al ftn, dominar por voces más poderosas que, en un concertante, acababan por ahogar sus lamentos de elocuente, dulce monotonía.

No sabía ella por qué, Marcela se había enamorado de este papel; y el público, y el director_, y los compañeros, le encontraban en él cierta gracia que otras veces no tenía. Hasta casi guapa salía Marcela Vidal en su Reina Margarita. Las únicas flores que había oído de soslayo á los abonados de los palcos proscenios de la platea, habíalas debido á su Reina Margarita. Para no. cambiar nunca de aspecto, ya que había parecido bien en este papel , Marcela se hizo un traje para la tal ópera, y en ella nunca usaba los de la empresa, sino el que le había costado su trabajo y su dinero. Algunas veces el público no sólo había encontrado simpática y discreta á la Vidal en este papel, sino que hasta la había gratificado con alguna palmada de propina al terminar cierto diio con la tiple, la cual después la eclipsaba por completo. En el cuarto acto ya nadie, ni en la escena ni en la sala, se acordaba de la Reina Margarita-^ pero esto no quitaba que ella se fuese á su humilde posada, sólita^ más contenta ó menos triste que de ordinario, no for-

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jándose ilusiones (esta fragua la tenia ella apagada mucho tiempo hacía), pero con la satisfacción de haber ganado el pan que comía, por lo menos aquella noche. .

Sin embargo, esta misma buena impresión llegó á gastarse, Claréela notó la ironía que sus compañeros indicaban con cierta malicia al llamarla Reina Margarita, aludiendo al relativo triunfo de la humilde cantante en este papel: y ella misma acabó por ver el lado cómico de su limitadísima especialidad. La empresa era la que tomaba con mas seriedad la cosa; ya se sabía: en aquella opeara de recurso, el papel de Reina para Marcela; antes faltaba la luz de las baterías que así no fuera.

Llegó la compañía á una ciudad del Xorte, en mitad del invierao. Los cantantes estaban aburridos, todos temían quedar sin voz; la humedad les llegaba á las entrañas. Tiritaban, encogidos, y no les bastaba todo el vestuario para envolvérselo al cuello. El tenor, que se creía hombre de porvenir, y hubiera querido tener un estuche de terciopelo para la laringe, no abría la boca más que para comer, hasta que llegaba la hora de cantar. Era un pueblo triste, levítico, opulento, que tenía ópera por lujo más que por afición. Los ricachos se abonaban, pero dejaban muchos días los palcos sin g( ntc No había afición á la música, no había más