Cuentos morales · Unidad 181 de 188

Unidad 181 · 408 LEOPOLDO ALAS

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408 LEOPOLDO ALAS

que dinero, que en punto al arte se convertía en pretensiones. No entendían, pero, como eran ricos, se creían con derecho á ser exigentes; además, no se quería un mal contrato: sentirían mucho que se les diera f^íito por liebre, no por* las notas desafinadas, que no les hacían ningún daflo, sino por la lesión enorme que pudiera causar á sus intereses el pagar como ocho cantantes que valían como cuatro, V. gr. Así es que se consultaba con inquietud, y oyéndolos como á oráculos, á los pocos peritos, ó que pasaban plaza de tales, que había en el pueblo. Los cómicos, como suele acontecer, hacían rancho aparte en la ciudad: no trataban apenas á nadie; no les interesaban ni los monumentos, ni las costumbres, ni los paisajes de la hermosa campiña. De la posada al teatro, al ensayo ó la función. No sabían más que esto: «que llovía sin cesar, que el cielo era de plomo, y que el público era muy frío, muy reservado, temía comprometer su fama de inteligente aplaudiendo lo que no merecía aplausos».

Para Marcela no ofrecía aquello novedad; todos los públicos le parecían el mismo; un enemigo, un juez, un verdugo; algo así como una especie de guardia civil que la perseguía á ella por el delito de no tener buena voz, y aturdirse y no acabar de dominar la escena. El agua, la humedad que le atravesaba los huesos, el cielo obscuro, bajo, ceniciento, eso sí le entristecía. Se sentía allí más ex-

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tranjera que en las demás ciudades de su patria y que ella no tenía por patria. Como no se podía salir á paseo por los alrededores, lo cual solía ser su recreo único fuera del teatro, se aburría mortalmente en la posada. Cosía, recomponía la seda y los galones y las perlas falsas de su traje de Reina, hacía solitarios con una baraja sobada... y dormía mucho. Cantó una, dos, tres noches la Reina Margarita; por primera vez la citaron nominatim los gacetilleros severisimos; no tuvieron inconveniente en declarar que la señorita Vitali había estado discreta en su modesto y simpático papel de Reina, escuchando merecidas muestras de simpatía en el dúo del segundo acto... y nada más. Marcela volvió á su huelga oficial, á envolverse en el chai gris, y ocultarse en la^sexta ó séptima fila de butacas, en la sombra, las noches de ensayo, y en su palco V tercero en las noches de función.

Estando allí, en el palco tercero de la extrema izquierda, asistió á un penosísimo espectáculo que le puso carne de gallina y le hizo aborrecer más que antes al monstruo, al público enemigo.

El tenor, el cómico de primera, acabó por ponerse malo de la garganta con la humedad, y por lo que abusaba de ella empresa. La gacetilla bramó; los abonados amenazaron con retirarse al monh- Av'iuino rii r] Círculo do Recreoj. Echando la