Cuentos morales · Unidad 182 de 188
Unidad 182 · 410 LEOPOLDO ALAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
410 LEOPOLDO ALAS
cuenta por los dedos, aquellos dignos comerciantes demostraban que con el catarro pertinaz del tenor se les defraudaba en tantas pesetas con tantos céntimos. «Estas son puras matemáticas,» decían ellos enseñando los dientes á la empresa.
La cual cogía el cielo con las manos, y no sabía qué hacer. Como llovido del cielo, que la empresa cogía, cayó en el pueblo, no se sabe de dónde^ un tenor procedente de la capilla de cierta insigne catedral . Sabía más música que el otro; aprovechaba su poca, pero bien timbrada voz, con mayor maestría, y en ñn, daba mucho más gusto oírle cantar á él que al tenorcito de las pretensiones y los escrúpulos. Declaró el recién venido que la partitura que mejor dominaba era el Fausto. Ropa no la tenía, pero sabía el pa^pel, sin tropezar, de cabo á rabo. Se le arregló como se pudo la ropa, de otros Faustos mejores mozos, que había en el teatro, empolvada y con algunos zurcidos. Candonga,, pues el nuevo tenor se llamaba Candonga, no se sabe por qué^ pues ni era candonguero ni amigo de candonguear; Candonga se resistió á confirmarse en italiano y á llamarse Cantonghini, como le propuso la empresa. «¿Y Scherzzo? llámese usted Scherzzo, que es una especie de traducción de Candonga,» le dijeron. Pero nada; él era dócil, pacato, mas en este punto no cedía. No quería renegar del apellido de su padre. Y como el apuro era grande, la empresa se sometió, y en
LA REINA MARGATlITA 411
los carteles se decía: Fausto, señor Candonga.
Lo peor no era esto; sino que Candonga pisaba mal, apoyando primero con fuerza el calcañar; destrozaba en seguida los tacones, y parecía un animal raro con aquel modo de poner la planta. Además, tenía la costumbre de calarse demasiado el sombrero por atrás; y, para decirlo todo, no se sabe en qué consistía, pero encogía los brazos de tal manera, que todas las mangas le venían largas. La empresa no reparó en esto, ni el director de escena ni el de orquesta se ñjaron en que aquel hombre jamás había sido Fausto más que vestido de paisano, con grandes apariencias de seminarista .
Llegó la noche del debut de Candonga, y aquello fué el disloque^ según decía un señorito de las butacas que había estudiado farmacia en Madrid. El público gozó mucho, porque se rió de Candonga toda la noche á mandíbula batiente ; y cuando tocaban á cantar, el pobre tenor de capilla parecía un ángel bastante entendido en el arte. Por de pronto, cuando hubo que despojarle de la hopalanda del sabio, tirando por tramoya de una cuerda, le dejaron en mangas de camisa y con media barba. Se arregló aquello como se pudo; pero en la primera entrevista con Margarita^ Fausto no hizo ver más que sus disposiciones para la carrera eclesiástica. En fin, un martirio. El pobre, que debía de necesitar mucho el sueldo, aguanta-