Cuentos morales · Unidad 183 de 188

Unidad 183 · 412 LEOPOLDO ALAS

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412 LEOPOLDO ALAS

ba: se reían de él, y él se sonreía y procuraba estar fino con Margarita la rubia, que estaba en ascuas junto á un seductor que parecía, por lo menos, subdiácono. Candonga se agarraba al canto como á un clavo ardiendo. Si le hubieran dejado cantar con las manos en los bolsillos, lo hubiese hecho mucho mejor, y mejor aún bajo tierra; pero, en fin, mientras cantaba, cesaba la risa, y hasta le aplaudían algo. Pero volvía á predominar la mímica, y el público, cruel, pagano, volvía aX jaleo, á la bronca, se oían chistes que iban de palco á palco. Una orgía de humorismo provinciano á costa de un infeliz hambriento.

Margarita, la otra, la, Reina, sentía desde allá arriba una lástima infinita. La voz de aquel señor Candonga, á quien no tenía el gusto de conocer, le llegaba al alma, le pedía compasión, consuelo; para ella todo lo que cantaba aquel Fausto venía á decir: «Vosotros los que pasáis por este camino del arte, por este calvario, decidme si hay dolor como mi dolor.» Se le saltaban las lágrimas. Si hubiera tenido una bomba de dinamita, acaso la hubiera arrojado sobre aquellos señoritos de las butacas, que despellejaban á un hombre que sabía más música que todos ellos. Salió Marcela del teatro antes de la apoteosis, es decir, del consumatum est.

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LA REINA MARGARITA 418

Feliciano Candonga y la Reina Margarita no tardaron en hacerse amigros. Se conocieron entre bastidores, en la obscuridad de un rincón, durante un ensayo de una ópera en que la señorita Vidal cantaba unos cuantas notas y Candonga absolutamente nada. Simpatizaron en seguida. Los atraía, cual un imán, la semejanza de su suerte. Feliciano, después de aquel Fausto famoso, no volvió á salir á las tablas; la empresa no se atrevía á despedirlo por si el otro tenor, que ya había sanado, volvía á inutilizarse; pero tampoco osaba la empresa desafiar la indignación del público con una segunda presentación del tenor de capilla. Se estaba á la expectativa; y en tanto se le entretenía el hambre al infeliz cantante con algunas piltrafas de sueldo. Por lo visto, él estaba muy mal de recursos, porque, á pesar de lo humillante de su situación, no se quejaba; sonreía á todos, fingía no darse por desairado y esperar turno para volver á salir á escena.

Marcela y Feliciano comprendieron que su situación de artistas medio licenciados era muy parecida. Este lazo los unió estrechamente. Además, se parecía su carácter. Los dos buscaban la obscuridad, eran modestos: dos resignados.

La Reina Margarita ocupaba su butaca en la fila siete, en lo obscuro, las noches de ensayo, y á poco allí se presentaba el tenor desahuciado. Hablaban en voz muy baja, á ratos, cuando ol direc-