Cuentos morales · Unidad 26 de 188
Unidad 26 · 50 LEOPOLDO ALAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
50 LEOPOLDO ALAS
Deber... y no poder pagar es un tormento que se le olvidó al Dante en su Infierno. Por algo se llama fZe6er á la obligación; el deber supremo... es pagar lo que se está en deber. La conciencia me decía que yo iría á buscar siete estados bajo tierra lo que se me debiera, lo que fuese mío y no me lo dieran... pues lo mismo había de respetar el derecho de los demás. Y lo respetaba. Mi acreedor para mí era una cosa sagrada, casi un ídolo de terror. Comprendía aquella ley de las XII Tablas, que al que no pagaba lo entregaba sin defensa al acreedor. «Ni judicaturn facit... secum, ducito, vincito, aut ñervo, aut compedibus... Si no paga que le lleve á su casa, y si quiere que le encadene, le ponga correas ó hierros en los pies...» Y luego, si no hay quien compre al mísero esclavo de \o áaviáñ,... tertiis nundinis partís secanto; pasado el tercer dia de mercado, que le partan en pedazos y se lo repartan los acreedores.
Ya lo sabia el barón: como yo no valía nada, como ni de balde habría quien me quisiera, podía partirme en cachos, hacer de mí picadillo.. Esta era la ley que yo encontraba justa. Me hubiera vendido al otro lado del Xalón (ya que el Tíber
Et, CURA DE VERICUETO 51
estaba lejos), de muy buena gana, para pagar á Cabranes aquellos miles de duros. Pero ¿quién compra á un sacerdote... que no se vende? Porque ¡ay!, como sacerdote, yo no me vendía. Bien sabía yo que el dinero que necesitaba para pagar no lo adquiriría jamás por medios ilícitos. Y los lícitos en mi profesión ¡eran tan poca cosa! ¿Camino del clérigo para la riqueza? La simonía. Yo no había de ser simoniaco. Veía que otros^ sin valer más que yo, llegaban á obispos^ juntaban grandes rentas; pero yo no era bastante virtuoso, ni bastante sabio para merecer por tales conceptos subir á las alturas; ni era intrigante y adulador y falso, mojigato, hipócrita, para usurpar las dignidades primeras debidas al mérito. Además, no me sentía ambicioso; me faltaban las alas aquilinas de la vanidad y el orgullo; mi pobre vuelo de gallina me apartaba de la ambición y me condenaba á la avaricia cominera, á escarbar en las miseríucas de la vida prosaica, rastrera, para chuparle á la tierra gusanos. Por aquel tiempo cayó en mis manos un libraco, pienso que de un señor Bastiat, en el que vi la apología del ahorro; allí se cantaban los milagros del petit centime. ¡Aquél era mi camino! Por el céntimo tenía yo que ir en busca de mi reconquista, de mi libertad, perdida en las cadenas de la deuda. Pero ¡ahorrar! ¿Cómo ahorra un pobre capellán, que si tiene para cenar no tiene para comer? En otro oficio, yo estaba seguro de que mi