Cuentos morales · Unidad 27 de 188

Unidad 27 · 52 LEOPOLDO ALAS

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52 LEOPOLDO ALAS

ingenio me ayudaría para ganar, á fuerza de trabajo y escasez, para mis necesidades, lo que bastara á cumplir con mi compromiso; pero la sotana me ataba y me impedia la acción, la defensa, como al pobre Agamenón la enmarañada urdimbre que Clitemnestra arrojó sobre su cabeza^ para que á mansalva le rematara Egisto.

Estábame prohibido el comercio, para el cual yo me sentía con grandes facultades; no se me abría ninguna otra puerta del templo de la riqueza, por donde pudiera pasar dignamente un sacerdote. ¡Ser buen hombre, buen sacerdote, y tener que ganar miles de duros sin falta, para pagar una deuda sagrada, de caballero!

Admití, aunque vi que era meterme en un callejón sin salida, un humilde curato que se me ofreció; lo firmé resignado, y metíme en Vericueto como en una cueva, que no era, ciertamente, la de una mina.

Veinte años llevo arañando la tierra, cuidando esta pobre viña del Señor, donde he tenido que encerrar toda mi actividad,, todos mis esfuerzos. Me sitié por hambre; me traté como un anacoreta. Pero esto no era lo más doloroso. No bastaba lo que yo pudiera ahorrar escatimándolo á las necesidades de mi propio cuerpo; si quería llegar á juntar algo, ir pagando poco á poco, tenía que poner á contribución á los demás, á los que tenían derecho á mi caridad, á los pobres. La caridad

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para mi era un lujo que mi deuda me prohibía: «Tendré la caridad en el corazón,» me dije; pero esto mismo llegó á parecerme una hipocresía; desear el bien ajeno y no procurarlo, compadecer á los demás y no ayudarlos con la limosna, me repugnaba; preferí endurecerme hasta que llegaran tiempos mejores. No admitía cohecho, pero no perdonaba derecho. Todo lo que podía legítimamente conseguir del pie de altar^ lo procuraba. Era una ley inflexible, á la romana. Esta dureza^ esta inflexibilidad, las conseguí pensando una cosa muy sencilla: que mi dinero no era mío, era de Cabranes; que toda largueza, toda liberalidad, por mi parte^ hubieran sido falsas; un fraude, pues yo no tenía derecho á ser generoso con lo que era ajeno, de mi acreedor.

Todo lo que yo ganaba en mi humilde parroquia^ y ganaba cuanto era canónicamente lícito, iba á manos del barón, cuya pobreza aumentaba cada día. El recibía mis remesas, la renta de mi deuda^ en silencio, triste, algo humillado. Xo me las hubiera reclamado, pero daba á entender que siempre llegaban á tiempo, que se contaba con ellas.

En tanto, mis piadosos feligreses iban creando la leyenda de mi avaricia. «¡El cura tenía gato!» El gato del cura hacía soñar á muchos aldeanos. Como no se sabía que yo colocara en parte alguna mis ahorros, se dio pov averiguado que los guar-