Cuentos morales · Unidad 28 de 188

Unidad 28 · 54 LEOPOLDO ALAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

54 LEOPOLDO ALAS

daba en el arca que estaba debajo de mi cama, arca cerrada con buena llave y candado.

Yo era un avaro sin entrañas. La cosa ya no tenía remedio. Los primeros años, este mal wmcepto del público me dolió mucho; pero más me dolía no poder ser un buen párroco, liberal con los necesitados de mi parroquia. No lo era. Cada cual pagaba lo suyo. Poco á poco me fui acostumbrando al papel que representaba^ y como dicen los periódicos, llegué á cultivar el arte por el arte. Sí, me aficioné á mi cadena, á mi tortura; como otros llegan á tomar cariño á un achaque, á un dolor, yo me enamoré, sin sentirlo, de la vida á que me llevó la necesidad. En el ahorro, en la parsimonia, en el cálculo cominero, hasta en las costumbres sórdidas, llegué á encontrar cierto placer. Llegué á verme yo mismo cual me veían los demás. Mis ganancias de lento aluvión, siempre eran para mi deuda; pero vine á ser avaro por mi cuenta; fué una vocación que me nació adaptándome al medio, ejercitando los órganos correspondientes á aquella necesidad. ¡Hasta darwinista en acción me obligaba á ser mi deuda implacahle!

El genio del comercio, de la ganancia industriosa no pudo contenerse dentro de mí, salió por donde pudo, y empecé á intentar ciertos tratos lícitos j?eí' se, pero no muy conformes con la dignidad de mi oficio. Empecé cuidando cerdos y gallinas con particular esmero: ya que no podía ser

El. CURA HE VERICUETO

caritativo con el prójimo, quise tratar bien á los animales, cebándolos á cuerpo de rey... para sacarles más producto. Los cuartos de los derechos parroquiales se convertían en tocino y en huevos frescos con asombrosa rapidez, para volver, mediante la circulación de la sangre del mundo, del vil metal, á trocarse en moneda, aumentada con el debido rédito; y de mis manos pasaba á las de Cabranes.

Pero mis delicias, mi consuelo mayor, acabé por encontrarlos en mi huerto; en las berzas particularmente. Hortelano como yo_, y no lo digo por alabarme, no lo hay en veinte leguas á la redonda.

Leí las Geórgicas de Virgilio, leí á Columcla y con mayor encanto leí, devoré, el libro de Catón el Antiguo, De re rustica, que me enseñaba la bucólica de la avaricia, la égloga del interés. Amar la naturaleza, amar el campo, para sacarle el rédito, el fruto, vino á ser el único placer de mi vida.

Los maliciosos de la parroquia dieron en murmurar^ bien lo sé, que Ramona y yo nos entendíamos, y que no eran mis berzas y mis gallinas, mis cerdos y mis perales todos mis amores.

Pura calumnia: cuando Ramona entró en la rectoral ya era mi castidad cosa definitiva; ¿una virtud? no lo sé; un hábito, ó mejor acaso, desuefudo, es decir^ que en mi organismo, como ahora se dicC;, había prescrito la lascivia. «Deja la lujuria uii mes y ella te dejará tres,» dice la sabiduría