Cuentos morales · Unidad 29 de 188
Unidad 29 · 56 I^EOPOLDO ALAS
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56 I^EOPOLDO ALAS
popular: pues yo había dejado la lujuria meses y meses y ella me dejó á mí años y años. Cuando á los cinco ó seis de ser yo párroco Ramona entró en casa, todavía era una real moza, es verdad; pero si yo la guardé en mi hoí?ar hasta los días de mi vejez y la suya, no fu6 por sus encantos físicos, sino por lo bien que me ayudaba á ser económico, avaro. Mujer más sórdida por naturaleza no la he conocido. Es una máquina casera de barrer para adentro, de no gastar. De ella salió la peregrina invención que siempre pusimos en práctica, de fingirse mas sorda que es y desaparecer de casa, ó esconderse cuando venían á visitarme personas á quien yo debía obsequiar convidándolas á comer ó á refrescar. «¡Ramona! ¡Ramona!» gritaba yo. Y nada, á la otra puerta, Ramona jamás parecía; y como el cura mismo no había de poner la mesa, ni fregar los platos, ni sacar el puchero de la lumbre^ se dejaba el agasajo para otra vez. Muchos céntimos me hizo ahorrar en esta vida transitoria Ramona Cecilio. Pero lo que ella no sabe es que á mí no me la da ningún gallego; y gallega es el ama de este cura. Verdad es que Ramona era que ni pintada para ayudarme en la avaricia y en el comercio de gallinas, legumbres, frutas, etc., etc., pero ¿cree ella que en pago de sus servicios le voy á dejar una buena manda? ¡Cá! Nada le debo. Tengo bien echadas mis cuentas. Lo sisado por lo servido. Yo he tenido siempre una cuenta corriente abierta á
EL CURA DE VERICUETO
SUS rapiñas domésticas; siempre llevé el exacto balance de lo que ganaba gracias á ella, y de lo que ella me hurtaba por unas y otras mañas; y en Dios y en mi conciencia que á la hora presente no le debo un ochavo. No debo nada á nadie... ¡ni al barón de Cabranes!, que á estas horas, con la venta de lo poco mío y lo ya cobrado año tras año, tiene al fin en su poder todos los miles de duros que me ganó en aquel terrible desquite de la terrible noche en que tal vez yo gané el infierno. Iré acaso al infierno, sí, pero iré sin trampas; como un mal sacerdote, y como un buen caballero.
No, no me queda nada; desnudo nací^ desnudo me hallo... porque con el gato del cura no cuento como cosa mía, pues hace mucho tiempo que todo lo que en él he ido metiendo poco á poco lo considero propio de mi universal heredero D. Gil Higadillos y Fernández.
Y es mi voluntad que al llegar á este punto en la lectura de mi testamento, si por tal puede pasar este papel, el mismo Higadillos, ó la persona que en su ausencia leyere en alta voz este documento, proceda al registro del arca hasta que claramente se vea en qué consiste el gato del cura de Veri cueto, mi única herencia, bien liquidada, que quiero que guarde como recuerdo y enseñanza mi amigo D. Gil Higadillos.»