Cuentos morales · Unidad 30 de 188

Unidad 30 · 58 LEOPOI-DO ALAS

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58 LEOPOI-DO ALAS

Al llegar á este punto en su lectura, Higadillos, que estaba verde, se inclinó sobre el arca que habíamos sacado de sn escondite, que era bajo la cama del difunto, y empezó á sacar papeles y papeles, todos iguales, todos pequeños y escritos sólo por un lado. Unos cuantos renglones y una firma; la firma del barón de Cabranes. Eran los recibos de las cantidades que Celorio, el cura de Vericueto, había ido entregando á su acreedor para ir matando la deuda, el cáncer de su vida. Celorio había visto la tierra de promisión: la libertad. Moría cuando ya no debía nada. Por eso contaba Ramona que pocos días antes, como un pobre ciego se hubiera parado á la puerta rascando un violín, al ir á echarle ella con cajas destempladas^ según costumbre, oyó la voz del amo que gritaba:

— ¡Que pase quien sea! ¡que pase!

Y había pasado el ciego, y el cura, con cara de Pascua^ le había entregado dos monedas de dos pesetas^ que había cobrado aquella tarde y con las cuales había dormido la siesta apretándolas en el puño.

Aquellas cuati'o pesetas debían de ser las pri-

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meras realmente suyas de que podía disponer el siervo de su deuda, después de tantos años.

Al presenciar tal locura, tal liberalidad, Ramona había murmurado:

— ¡El amo está de muerte!

Y murió, en efecto, á los pocos días.

Lo malo era que Hig:adillos ya había publicado en una Biblioteca diamante muy cuca, el poema burlesco que liabía terminado aquel verano. Y por cierto que, sin saberse por qué, había gustado, se vendía bien y el editor le había entregado algunos miles de reales^ pocos miles, dos ó tres.

— ¿Qué hago yo con este dinero? — me preguntíba Higadillos, avergonzado, pensando en las calumnias humorísticas de su poema, en el gato del cnra — de viejas peluconas bien repleto, que él había heredado y no era más que un montón de papeles inútiles.

— ¿Qué hago yo con este dinero?

Por fin hizo lo que yo le aconsejé:

Lo gastó mandando decir, por el alma del cura de Vericueto, la^ i..;- ..• ,i.. <on Gregorio.

BORONA

En la carretera de la costa, en el trayecto de Gljón á Aviles, casi á mitad de camino, entre ambas florecientes villas, se detuvo el coche de carrera, al salir del bosque de la Voz, en la estrechez de una vega muy pintoresca, mullida con infinita hojarasca de castaños y robles^ pinos y noirales, con los naturales tapices de la honda pradería de terciopelo verde obscuro, que desciende hasta refrescar sus lindes en un arroyo que busca deprisa y alborotando el cauce del Abono. Era una tarde de Agosto, ;muy calurosa aun en Asturias; pero allí mitigaba la fiebre que difundía el ambiente una dulce brisa que se colaba por la angostura del valle, entrando como tamizada por entre ramas gárrulas é inquietas del robledal espeso de la Voz que da sombra á la carretera en un buen trecho.

Al detenerse el destartalado vehículo, como amodorrado bajo cien capas de polvo, los viajeros del interior, que dormitaban cabeceando, no des-