Cuentos morales · Unidad 31 de 188

Unidad 31 · 62 LEOPOLDO ALAS

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pertaron siquiera. Del cupé saltó, como pudo, y no con pies ligeros ni piernas firmes, un hombre ñaco, de color de aceituna, todo huesos mal avenidos, de barba rala, á que el polvo daba apariencias de cana, vestido con un terno claro, de verano, traje de buena tela, cortado en París, y que no le sentaba bien al pobre indiano, cargado de dinero y con el hígado hecho trizas.

Pepe Francisca, D. José Gómez y Suárez en el comercio, buena firma, volvía á Prendes, su tierra, después de treinta años de ausencia 5 treinta años invertidos en matarse poco á poco, á fuerza de trabajo, para conseguir una gran fortuna con la que no podía ahora hacer nada de lo que él quería: curar el hígado y resucitar á Pepa Francisca de Francisquín, su madre.

De la baca del coche sacó el zagal, con gran esfuerzo, hasta cuatro baúles de mucho lujo todos y vistosos y una maleta vieja, remendada, que Pepe Francisca conservaba como una reliquia, porque era el equipaje con que había marchado á México^ pobre, con pocas recomendaciones, pocas camisas y pocas esperanzas. — Dio P«pe á los cocheros buena propina, y á una señal suya siguió su marcha el destartalado vehículo, perdiéndose pronto en una nube de polvo.

Quedó el indiano solo, rodeado de baúles, en mitad de la carretera. Era su gusto. Quería verse solo allí, en aquel paraje con que tantas veces ha-

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biíi soñado. Ya sabia él^ allá desde Puebla, que la carretera cortaba ahora el Suqueru, el prado donde él, á los ocho años, apacentaba las cuatro vacas de Fi'ancisquín de Pola, su padre. Miraba á derecha é izquierda; monte arriba, monte abajo: todo estaba igual. Sólo faltaban algunos árboles y... su madre. — Allá enfrente, en la otra ladera del angosto valle, estaba la humilde casería que llevaban desde tiempo remoto los suyos. Ahora vivía en ella su hermana Rita, su compañera de llinda, en el Suqueru, casada con Ramón Llantero, un indiano frustrado, de los que van y vuelven á poco sin dinero, medio aldeanos y medio señoritos, y que tardan poco en sumirse de nuevo en la servidumbre natural del terruño y en tomar la pátina del trabajo que suda sobre la gleba. — Tenian cinco hijos, y por las cartas que le escribían conocía el ricachón que la codicia de Llantero se le había pegado á Rita y había reemplazado al cariño. Los sobrinos no le conocían siquiera. Le querían como á una mina. Y aquélla era toda su familia. Xo importaba; quisiéranle ó no, entre ellos quería morir: morir en la cama de su madre. ¡Morir! ;,quién sabia? Lo que no habían podido hacer las aguas de Vichy^ los médicos famosos de NuevaYork, de París, de Berlín, las diversiones del mundo rico, los mil recursos del oro, podría conseguirlo acaso el aire natal; pobre frase vulgar que él repetía siempre para significar muchas cosas dis-