Cuentos morales · Unidad 32 de 188
Unidad 32 · 64 LEOPOLDO ALAS
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64 LEOPOLDO ALAS
tintas, hondas complicaciones de un alma á quien faltaba vocabulario sentimental y sobraba riqueza de afectos. Lo que él llamaba exclusivamente el aire natal era la pasión de su vida, su eterno anhelo; el amor al rincón de verdura en que había nacido, del que le habían arrojado de niño, casi á patadas, la codicia aldeana y las amenazas del hambre. Era un chiquillo enclenque^ soñador, listo, pero débil, y se le dio á escoger entre hacerse cura de misa y olla ó emigrar; y como no sentía vocación de clérigo, prefirió el viaje terrible, dejando las entrañas en la vega de Prendes, en el regazo de Pepa Francisca. La fortuna, después de grandes luchas, acabó por sonreirle; pero él la pagaba con desdenes, porque la riqueza, que procuraba por instinto de imitación, por obedecer á las sugestiones de los suyos, no le arrancaba del corazón la melancolía. Desde Prendes le decían sus parientes: «¡No vuelvas! ¡No vuelvas todavía! ¡Más, más dinero! ¡No te queremos aquí hasta que ganes todo lo que puedas!» Y no volvía; pero no soñaba con otra cosa. Por fin, sucedió lo que él temía: que faltó su madre antes de que él diese la vuelta, y falto la salud; con lo que el oro acumulado tomó para él color de ictericia. Veía con terrible claridad de moribundo la inutilidad de aquellas riquezas, convencional ventura de los hombres sanos que tienen la ceguera de la vida inacabable, del bien terreno sólido, seguro, constante.
Otra cosa amarilla también le seducía á él, le encantaba en sus pueriles ensueños de enfermo que tiene visiones de vida sana y alegre. Le fatigaban las ideas abstractas, sin representación visible, plástica, y su cerebro tendía á simbolizar todos los anhelos de su alma, los anhelos de vuelta al aire natal, en una ambición bien humilde_, pero tal vez irrealizable... La cosa amarilla que tanto deseaba, con que soñaba en Puebla, en París, en Vichy_, en todas partes, oyendo á la Patti en Covent Garden, paseándose en Nueva-York por el Broadway^ la cosa amarilla que anhelaba saborear era... un pedazo de torta caliente de maiz, un poco de borona (borona), el pan de su infancia, el que su madre le migaba en la leche y que él saboreaba entre besos.
«¡Comer borona otra vez! ¡Comer borona en Prendes, junto al llar, en la cocina de casa!» ¡Qué dicha representaban aquellos bocados ideales que se prometía! Significaba el poder comer borona, la salud recuperada, las fuerzas devueltas al miserable cuerpo, el estómago restaurado^ el hígado en su sitio, la alegría del vivir, de respirar las brisas de su colina amada y de su bosque de la Voz.
«¡Veremos!», se dijo Pepe, plantado en mitad de la carretera, cubierto de polvo, rodeado de baúles en que traía el cebo con que había de comprar á sus parientes, salvajes por el corazón, un poco de cariño, á lo menos cuidados y solicitud, á cam-