Cuentos morales · Unidad 33 de 188
Unidad 33 · 66 LEOPOLDO ALAS
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66 LEOPOLDO ALAS
bio de aquellas riquezas que para él ya eran como cuentas de vidrio.
Tardaba en llamar á los suyos, en gritar «¡Ah, Rita!» como antaño, para que acudiesen á la carretera y le subieran á casa el equipaje... y á él mismo, que de seguro sin apoyo no podría dominar la cuesta. Tardaba en llamar, porque le placía aquella soledad de su humilde valle estrecho, que le recibía apacible, silencioso, pero amigo; y temía que los hombres le recibiesen peor, enseñando la codicia entre los pliegues de la sonrisa obsequiosa con que de fijo acogerían al ricachón sus presuntos herederos. Por fin se decidió:
— ¡Ah, Rita! — gritó como antaño, cuando llindaba en el Suqueru y desde el prado pedía la merienda á su hermana que estaba en casa.
A los pocos minutos, rodeado de Rita, de Llantero, su esposo, y de los cinco sobrinos, Pepe Francisca descansaba en el corredor de la casucha, en un sillón de cuero, herencia de muchos antepasados.
Pero el aire natal no le fué propicio. Después de una noche de fiebre, llena de recuerdos y del extraño malestar que produce el desencanto de encontrar frío, mudo, el hogar con que se soñó de lejos, Pepe Francisca se sintió atado al lecho, sujeto por el dolor y la fatiga. En vez de comer borona,
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como anhelaba, tuvo que ponerse á, dieta. Sin embargo, ya que no podía comer aquel manjar soñado, quiso verlo, y pidió un pedazo del pobre pan amarillo para tenerlo sobre el embozo de la cama, y contemplarlo y palparlo.
«¡Con mil amores!» Toda la borona que quisiera. Llantero, el cuñado codicioso, el indiano fallido, estaba dispuesto á cambiar toda la borona de la cosecha por las riquezas de los baúles y las que quedaban por allá.
Rita, como habia temido su hermano, era otra. El cariño de la niñez había muerto; quedaba una matrona de aldea, fiel á su esposo, hasta seguirle en sus pecados; y era ya como él avarienta, por vicio y por amor de los cinco retoños. Los sobrinos veían en el tío la riqueza fabulosa, desconocida, que tardaba en pasar á sus manos, porque el tio no estaba tan á los últimos como se había esperado.
Atenciones, solicitud, cuidados, protestas de cariño no faltaban. Pero Pepe comprendía que, en rigor, estaba solo en el hogar de sus padres.
Llantero hasta disimulaba mal la inipaciencia de la codicia; y eso que era un raposo de los más solapados del concejo.
Cuando pudo, Pepe abandonó el lecho, para conseguir, agarrándose á los muebles y á las paredes, bajar al corral, oler los perfumes, para él exquisitos, del establo, llenos de recuerdos de la niñez primera: le olía ej lecho de las vacas al re»