Cuentos morales · Unidad 34 de 188

Unidad 34 · 68 LEOPOLDO ALAS

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68 LEOPOLDO ALAS

gazo de Pepa Francisca, SU madre. Mientras él, casi arrastrando, rebuscaba los rincones queridos de la casa para olfatear memorias dulcísimas, reliquias invisibles déla infancia junto á la madre, su cuñado y los sobrinos iban y venían alrededor de los baúles, insinuando á cada instante el deseo de entrar á saco la presa. Pepe, al fin, entregó las llaves; la codicia metió las manos hasta el codo; se llenó la casa de objetos preciosos y raros_, cuyo uso no conocían con toda precisión aquellos salvajes avarientos; y en tanto, el indiano, sentenciado á muerte, procuraba asomar el rostro á la huerta, con esfuerzos inútiles, y arrancar migajas de cariño del corazón de su hermana, de aquella Rita que tanto le había querido.

La fiebre última le cogió en pie, y con ella vino el delirio suave, melancólico, con la idea y el ansia fijas de aquel capricho de su corazón... comer un poco de borona. La pedía entre dientes, quería probarla; llevábala hasta los labios y el gusto del enfermo la repelía^ pesara á sus entrañas. Hasta náuseas le producía aquella pasta grosera, aquella masa viscosa^ amarillenta y pesada, que simbolizaba para él la salud aldeana, la vida alegre en su tierra, en su hogar querido. Llantero, que ya tocaba el fondo de los baúles y se preparaba á recoger la pingüe herencia, agasajaba al moribundo^ seguíale el humOr á la manía; y, todas las mañai^^S) It! ponía delante de los ojos la inejor torta

BORONA 69

de maíz, humeante, bien tostada, como él la quería...

Y un día, el último, al amanecer, Pepe Francisca, delirando, creía saborear el pan amarillo, la borona de los aldeanos que viven años y años respirando el aire natal al amor de los suyos: sus dedos, al recoger ansiosos la tela del embozo, señal de muerte, tropezaban con pedazos de borona y los deshacían, los desmigajaban... y...

—¡Madre, torta! ¡Leche y borona, madre; dame 6oror<rt!— suspiraba el agonizante, sin que nadie le entendiera. Rita sollozaba á ratos, al pie del lecho: pero Llantero y los hijos revolvían, en la salucha contigua el fondo de los baúles, y se disputaban los últimos despojos, injuriándose en voz baja para no resucitar al muerto.

LA CONVERSIÓN DE CHIRIPA

Llovía á cántaros, y un viento furioso, que Chiripa no sabia que se llamaba el Austro, barría el mundo, implacable; despojaba de transeúntes las calles como una caroca de caballería, y torciendo los chorros que caían de las nubes, los convertía en látigos que azotaban oblicuos. Ni en los porches ni en los portales valía guarecerse, porque el viento y el agua los invadían; cada mochuelo se iba á su olivo; se cerraban puertas con estrépito; poco á poco se apagaban los ruidos de la ciudad industriosa, y los elementos desencadenados campaban por sus respetos^ como ejército que hubiera tomado la plaza por asalto. Chiripa, á quien había sorprendido la tormenta en el Gran Parque, tendido en un banco de madera, se había refugiado primero bajo la copa de un castaño de Ipdias, y en efecto, se habia mojado ya las dos veces de que habla el refrán; después había subido á la plataforma del kiosko de la música, pero bien pronto le