Cuentos morales · Unidad 35 de 188
Unidad 35 · 72 LEOPOLDO ALAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
72 LEOPOLDO ALAS
arrojó de allí á latigazo limpio el agua pérfida que se agachaba para azotarle de lado, con las frías punzadas de sus cuidaras cristalinas. Parecía besarle con lascivia la carne pálida que asomaba aquí y allí entre los remiendos del traje, que se caía á pedazos. El sombrero, duro y viejo, de forma de queso, de un color que hacía dudar si los sombreros podrían tener bilis, porque de negro había venido á dar en amarillento, como si padeciese ictericia, semejaba la fuente de la Alcachofa, rodead* de surtidores; y en cuanto á los pies, calzados oon alpargatas que parecían de terracuota, al levantarse del suelo tenían apariencias de raíces de árbol, semovientes. Sí, parecía Chiripa un mísero arbolillo ó arbusto, de cuyas cañas mustias y secas pendían míseros harapos puestos á... mojarse, ó para convertir la planta muerta en espanta-pájaros. Un espanta-pájaros que andaba y corría, huyendo de la intemperie.
Tenía Chiripa cuarenta años, y tan poco había adelantado en su carrera de mozo de cordel, que la tenía casi abandonada, sin ningún género de derechos pasivos. Por eso andaba tan mal de fondos, y por eso aquella misma y trágica mañana le habían echado del infame zaquizamí en que dormía; porque se habían cansado de sus escándalos de trasnochador intemperante que no paga la posada en años y más años.
— Bueno, peor para ellos— se había dicho Chi-
LA CONVERSIÓN DE CHIRIPA 73
i'ipa sin saber lo que decía, y tendiéndose en el banco del paseo público, donde creyó hacer los huesos duros; hasta que vino á desengañarle la furia del cielo.
Así como los economistas dicen que la ley del trabajo es la satisfacción de las necesidades con el mínimo esfuerzo, Chiripa, vagamente pensaba que lo del mínimo esfuerzo era lo principal, y que á él habían de amoldarse también las necesidades, siendo mínimas. Era muy distraído y bastante borracho; dormía mucho, y como tenía el estómago estropeado le dejaba vivir de ilusiones, de flatos y malos sabores, comida ruin y fría y mucho líquido tinto, y blanco sí era aguardiente. Vestía de lo que dejaban otros miserables por inservible, y con el orgullo de esta parsimonia en los gastos, se creía con derecho á no echar mano á un baúl sino de Pascuas á Ramos y cuando una peseta era absolutamente necesaria.
Un día, viendo pasar una manifestación de obreros, á cuyo frente marchaba un estandarte que decía: ¡Ocho horas de trabajo!. Chiripa, estremeciéndose, pensó:
— ¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es la de más apuro, por los bañistas.
En llevando dos reales en el bolsillo, Chiripa no podía con una maleta, ni apenas tenerse derecho.