Cuentos morales · Unidad 36 de 188

Unidad 36 · 74 LEOPOLDO ALAS

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74 LEOPOLDO ALAS

Pero tenía un valor pasivo, para el hambre y para el frío, que llegaba á heroico.

Generalmente andaba taciturno, tristón, y creía, con cierta vanidad, en su mala estrella, que él no llamaba así, tan poéticamente, sino la aporreada... en fin, una barbaridad.

Su apodo, Chiripa (q1 apellido no lo recordaba; el nombre debía de ser Bernardo, aunque no lo juraría) lo tenía desde la remota infancia, sin que él supiera por qué, como no saben los perros por qué los llaman Nelson, Ney ó Muley; si él supiera lo que era sarcasmo por tal tendría su mote, porque sería el hombre menos chiripero del mundo. Ello era que hacía unos treinta años (todos de hambre y de frío) eran tres notabilidades callejeras, especie de mosqueteros del hampa. Pipa, Chiripa y Pijueta. La historia trágica de Pipa ya sabía Chiripa que liabía salido en papeles (1), pero la suya no saldría, porque él había sobrevivido á su gloria. Sus gracias de píllete infantil ya nadie las recordaba; su fama, que era casi disculpa para sus picardías, había muerto, se había desvanecido, como si los vecinos del pueblo, envejeciendo, se hubieran vuelto malhumorados y no estuvieran para bromas. Ya él mismo se guardaba de disculpar sus malas obras y su holgazanería como gatadas de pillo célebre, como cosas de Chiripa.

(1) Véase Pipa, novela del autor.

La conversión de chiripa 75

«¡Bah! el mundo era malo; y si te vi, no me acuerdo.» Veía pasar, ya llenos de canas, á los señoritos que antaño reían sus travesuras y le pagaban sus vicios precoces; pero no se acercaba á pedirles ni un perro chico, porque no querrían ni reconocerle.

Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A veces se le antojaba que un periódico, ó un libro viejo y sobado que oía deletrear á un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer. No sabía nada. Se arrimaba á la esquina de la plaza, donde otros perdían el tiempo fingiendo esperar trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más ó menos incoherentes acerca de política ó de la cuestión social. Nunca daba su opinión^ pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas de trabajo. Prefería, á oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanado. Pero ni siquiera los de las letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco; todos decían que el jornal no bastaba

para las necesidades Había exageración; ¡si

fueran como él, que vivía casi de nada! Oh, si él trabajara aquellas ocho horas que los demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto), se tendría por millonario con lo que entonces ganaría. «Todo se volvía pedir instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital... para