Cuentos morales · Unidad 46 de 188
Unidad 46 · EL NÚMERO ÜNd 95
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EL NÚMERO ÜNd 95
Cuando allá le pidieron sus títulos para la gloria, para el premio á que aspiraba, se encontró con que lo del nihnero uno de la promoción era poco más que un papel mojado.
Y como Primito se impacientase, le dijeron:
— Vea usted, vea usted los que tienen que pasar delante de usted.
Y fueron pasando delante á ocupar en la gloria en el escalafón de Dios, mejor puesto que Protocolo, infinidad de corderos y ovejas del rebaño humano que jamás habían sido el número uno de nada en la lucha por la existencia. Fueron pasando, sí, aquellos humildes borregos que se habían dejado trasquilar con paciencia: los pobres, los humildes, los santos, los mártires^ los sencillos. La mayor parte de aquellos bienaventurados no sabían leer. Contar, ni uno solo. Y allí eran la aristocracia.
Después pasó la clase media de la virtud... y, con sudor de congoja^ Protocolo empezó á calcular que la índole de méritos que él alegaba allí era de las últimas en el aprecio de quien repartía recompensas... ¡Qué vulgo revulgo, santo Dios, era en la gloria el número uno de la Academia!
Y pasaban, pasaban gentes anónimas sin numeración, sin factura, bultos extraviados en los azarosos viajes del tren de la vida...
Y él, Primitivo Protocolo, con su etiqueta en regla, su número uno en la factura, allí olvidado
9(j LEOPOLDO ALAS
en el andén, sin que una mano caritativa le metiera entre los bultos amontonados en el furgón de cola...!
Y así está todavía, esperando vez; esperando, como hay que esperar en el cuento de las cabras de Sancho...
Pasará, llegará á pa^ar, porque la bondad de Dios es infinita... pero ¡Dios sabe cuándo será llamado al festín de la caridad... el número uno!
PARA VICIOS
Doña Indalecia era un a viuda de sesenta años que había nacido para jete superior de Administración ó para Ministro del Tribunal de Cuentas, y acaso, acaso mejor para inspector general de Policía; pero sus creencias, sus gustos, sus desgracias, sus achaques, sus desengaños la habían inclinado del lado de la piedad; y era una ferviente beata, no de las que se comen los santos, sino de las que beben los vientos practicando las obras de misericordia en forma de sociedad, fuese colectiva, comanditaria ó anónima; era muy religiosa, muy caritativa, pero siempre en sociedad; creía más en la Iglesia que en Dios; pensaba que Jesús se había dejado crucificar para que, andando el tiempo, hubiese un lucido Colegio de Cardenales y Congregación del índice. La consolaba la idea de aquella triste profecía «siempre habrá pobres entre vosotros», porque esto significaba (lue siempre habría (Sorie-