Cuentos morales · Unidad 47 de 188
Unidad 47 · 98 LEOPOLDO ALAS
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98 LEOPOLDO ALAS
dad de San Vicente de Paul y Hermanitas de los Pobres, etc., etc. Amaba los organismos caritativos mucho más que la caridad; cabe decir que las lacenas humanas no empezaban á inspirarle lástima hasta que los desgraciados estaban acogidos al amparo de alguna archicofradía. Para ella los pobres eran'los pobres -matriculados, los oficiales, los de ésta ó la otra sociedad; por éstos se desvivía; pero ¡infelices! ¡de qué manera! Tenía una inqu¡si(;ión en cada yema de los dedos de las manos; era un A.rgos para perseguir el vicio de los miserables, para distinguir las verdaderas necesidades de las falsas; no daba un cacho de pan sin formar á su modo un expediente. Su gloria era ver asilos de lujo, limpios, ordenados, con rigurosa disciplina, con todos los adelantos, tales que los asilados no pudieran respirar fuera del reglamento. Y, para que más que la verdad, doña Indalecia liubicra preferido que un asilo que se creaba, limpísimo, inmaculado, nuevecito todo... no se estrenara, no se echara á perder por el uso de los miserables á quienes se dedicaba. Llegó á ver en el pobre, en el protegido, una abstracción, una idea fría, pasiva; y así, cuando algún desgraciado á quien tenía que amparar mostraba que era hombre con flaquezas como todos, doña Indalecia se sublevaba. Los vicios en los desheredados le parecían monstruosos.
Sus convicciones so arraigaron más v ni;'is,
PARA VICIOS 99
cuando llegó á saber, por conversaciones con sacerdotes ilustrados y catedráticos, y por ciertas lecturas, que la ciencia moderna estaba de acuerdo con ella en lo de la caridad bien entendida, con su cuenta y razón.
Cuando leyó que la limosna esporádica, la limosna suelta, en la calle, al azar, la limosna ciega, como la fe, era contraproducente, así como delito, se volvió loca de gusto. «¡Pues es claro, lo que ella había dicho siempre!» En cada pordiosero veía un criminal, y en cada transeúnte que soltaba en la calle un perro chico^ un anarquista.
Su policía caritativa no sólo perseguía á los pobres falsos, á los pobres viciosos, sino á los ricos que no sabían ejercer la caridad, que daban limosnas de ciego, como palos.
Sujeto á esta vigilancia, tenía, sin que él lo sospechara, al Director de la Biblioteca provincial, don Pantaleón Bonilla, un vejete muy distraído, como llama el vulgo al que jamás se distrae, al que siempre está atento á una cosa. Bonilla estaba fijo en sus trece, que eran sus libros, sus teorías de filósofo y de bibliófilo científico. Xo hacía más que ir de casa á la Biblioteca, de la Biblioteca á casa, siempre corriendo por no perder tiempo, tropezando con transeúntes, faroles y esquinas. Cuando le costaba un coscorrón un tropiezo, suspiraba, y en vez de rascarse, se aseguraba bien las gafas, que á su juicio tenían la culpa de todo...