Cuentos morales · Unidad 48 de 188

Unidad 48 · 100 LEOPOLDO ALAS

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100 LEOPOLDO ALAS

Doña Indalecia era muy señora suya; la trataba, es decir, se le quitaba el sombrero, sin verla; pero no sabía el infeliz que le seguía los pasos; que la tenía escandalizada con su conducta.

«¡Y eso es un sabio!» decía para sí doña Indalecia, siguiéndole de esquina en esquina, basta dejarlo metido en la Biblioteca. «¡Pero con este hombre no hay caridad posible; no h¿iy organización que valga; nos lo corrompe todo! ¡Esto es un libertinaje! ¡Debe entender en ello el Gobernador como en lo de la blasfemia!

Pero ¿qué era ello? Bonilla no advertía nada; se creía inocente. Ello era, que en cuanto salía de casa le rodeaban los pordioseros; le acosaban cojos y mancos, mujeres harapientas con tres ó cuatro crías colgadas del cuerpo, por el pecho y por la espalda; pilludos descalzos, que saltaban como gozquecillos tras los faldones de su levita... ¿Y en qué consistía el delito de Bonilla? ¡Ahí era nada! En ir soltando perros chicos y grandes como globo que arroja lastre para seguir volando...

Como no podía nienos_, el exceso de la demanda llegó á ahogar las salidas... El coro de miserables llegó á ser muchedumbre, motín, ola, que cortó el paso al maniroto... D. Pantaleón un día llegó á fijarse en c^ue no le dejaban andar.

— ¡Pero qué es esto! — exclamó, mirando á los lados, hacia atrás, como pidiendo auxilio. — ¿De dónde sale tanto pobre? ¿No hay policía?

PARA VICIOS 101

— Si hubiera policía estaría usted preso — le contesló la voz de doña Indalecia, que le seg-uía, y que al verle volverse se le puso delante.

Y después que la viuda, repartiendo o:olpes con la sombrilla, el abanico y hasta con el rosario espantaba á los pobres, á los pordioseros, como Jesús arrojó del templo á los mercaderes, (ese como es de doña Indalecia, ^ cuando ya Bonilla se vio libre de moscas, la beata con tono agridulce, y por co" brarle el favor que le había hecho, le soltó un sermón en forma.

— ¡Parece mentira — vino á decirle en muchas más palabras— que siendo usted un sabio, no sepa que su manera de ejercer la caridad ofende á Dios y á la sociedad! Usted corrompe á los pobres, fomenta la holganza^ subvenciona el vicio; todos esos cuartos que usted arroja á derecha é izquierda, se gastan en alcohol y otras porquerías. Cuando usted se muera y pida que le lleven en volandas a^ cielo los pobres á quien socorrió, se encontrará con que no puede ser, porque sus protegidos estarán en el infierno; y los que no, como no se podrán tener en pie, de borrachos, no podrán llevarle... etcétera, etc.

D. Pantaleón Bonilla escuchó á la vieja sonriendo, con interés. Cuando terminó la plática, notó que no tenía argumento serio que oponer.

— ¿De modo, señora, que sin querer he estado años y años corrompiendo la sociedad, sub venció-