Cuentos morales · Unidad 54 de 188

Unidad 54 · EL DÚO DE LA TOS 113

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL DÚO DE LA TOS 113

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También á mí, ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos aniciramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta^ casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave, para acercarnos juntos á la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen... ¿Por qué ha de ser asi? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. J[i alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante á lo que el 36 deseaba y pensaba:

«Sí^ allá voy; á mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy... si me deja la tos... ¡esta tos!... ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos...»

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Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba á hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera á la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, á la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, á cuidar aquella tos de hombre... ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle... ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto... como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto á acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos ó tres años. Murió en un hospital, que prefirió á la fonda; murió entre

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Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso si.

V^Rl O

Scnberis Vario forti8, et ho3- tium Víctor, Maeonii carminis aliti... (Horacio-Odas. L. I— VI Ad Agrippam.)

Lucio Vario, el poeta, á paso largo, como dejándose llevar por su peso, bajaba por el Clivus Capitolinus. Quien le viera caminar tan de prisa pensaría que era algún hombre de negocios, que tal vez venía del templo de Juno Moneta, que dejaba atrás, á la izquierda; y sin pararse á contemplar ni á reverenciar las solemnes estatuas doradas de los doce dioses mayores, los Dii consentes, junto á cuyos pedestales pasaba, se dirigía al templo de Saturno, que á la derecha se le presentaba con su imponente mole. Mas no lo miró siquiera el poeta, como no miró á los dioses, y pasó adelante; nada tenían que ver con la preocupación que tan distraído le arrastraba cuesta abajo ni las potencias olímpicas ni los asuntos de la Tesorería. Allá,