Cuentos morales · Unidad 55 de 188

Unidad 55 · 118 LEOPOLDO ALAS

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118 LEOPOLDO ALAS

enfrente, tras los muros de la cárcel Tulliana, el sol se escondía, y eso miraba Vario bajando. Moría el sol, y él se acordaba de Virgilio, aquel sol que se había puesto allá, en Brindis, y que no volvería á salir de su sepulcro del Pausilipo. Tampoco reparó en La Concordia, que dejó á la izquierda, aunque miró á este lado; pero miró pensando en algo más lejano y más alto, en el Tabulario, que se erguía en la ladera del Capitolio, midiéndose con el monte. En el Tabulario pensaba, porque algo tenía que ver con sus ideas. Una sonrisa amarga, irónica, asomó á sus labios. Se detuvo. ¡El sol, el ocaso, Virgilio, el sepulcro, la gloria, el Tabulario, la eternidad, la nada! Todos estos pensamientos pasaron por su frente. Era el Tabulario depósito de archivos, precaución inútil de la soberbia romana para inmortalizar lo pasajero, lo deleznable. ¡Archivar! ¡guardar! ¿Para qué? ¿Dónde estaba el archivo de las almas? Se guardaba el papiro, se guardaban los dypticos (duplios), los

miltiplices, se guardaban tabella'- y pugülores

llenaban con ellos armarios y nidi y el poeta

á la sepultura. ¡Ah! En vano era todo el artificio y la pompa fúnebre de libitinarios, pollinctores dissignatores, tibicines y proe/icoe: en vano el aparato del funus publicum, de las noenioe, porque todo ello había de acabar en el capulo ó en el eestrino, el sarcófago ó la urna cineraria. Y después Molliter cubent ossa buenas palabras... y el ol-

vido. ¡El olvido! ¿El olvido también para el poeta? ¿Habrían hecho mal Tueca y él en desobedecer el mandato del poeta muerto, que pedia para su poema la hoguera, mientras ellos lo conservaban intacto para la inmortalidad?...

Corría Septiembre, el mes en que pocos años antes habían enterrado á Virgilio..., y Eoma, la Roma del Foro, del Comitium, la que bullía al pie de Janus Bifrons, la de los banqueros y negociantes, que olvidaban las Tres Parcas vecinas y se entregaban al agio con ardores dignos de la eternidad, no pensaba ya, ciertamente, en el cantor de Eneas. Alrededor de los Janos qui sunt in regione Basilicoe Pauli las abejas interesadas del negocio zumbaban rozándose con Vario sin verle. ¡Estaba vivo y ya no le veían! Siguió adelante; dio con su cuerpo, como si anduviese por máquina, llevado por el hábito, en el Janus Viciis, y se encontró sin querer entre los suyos, en el vaivén de la vida literaria, en las tiendas de libros, donde, sentados ó de pie, discutían los aficionados de las letras, mientras iban y venían los litterati, los esclavos copistas, llevando bajo el brazo sus notas tironianas, trípticos, polípticos, mostrando algunos todavía las manos manchadas del atramentum librarium en que mojaban el cálamo.

Vario, entre los suyos, sintió una invencible repugnancia. La vida efímera y apasionada de las letras le daba en aquel momento horror. — Jui-