Cuentos morales · Unidad 56 de 188

Unidad 56 · 120 LEOPOLDO ALAS

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120 LEOPOLDO ALAS

cios falsos, gustos nuevos, envidias, rencores; todo se revolvía allí con la febril ansiedad de lo pasajero; flgurábasele una lucha mortal y cruel á la luz de un relámpago. Relámpago era la vida, y aprovechaba su luz la pasión para herir, para saciarse matando el bien ajeno. Entre la multitud de rollos, brillando á los últimos rayos del sol poniente, cormia y umhüici de lujosos volúmenes, vio los rótulos de las obras del amigo muerto. «Bucólicas,» «Geórgicas,» «Eneida»; y vio á los propios hijos, los de su ingenio, entre ellos, el «Panegírico de Augusto» y su famosa tragedia «Thyes-

tes» Pero estaban en los estantes, en los nidi,

como enterrados en vida. — Sintió un escalofrío; se le figuraron sus obras metidas en los nichos del librero cosas, muertas ya, de su propio ser, algo de su alma enterrado. El pergamino, el papiro, las tablas enceradas morían también. En la librería estaban de cuerpo presente, después en las bibliotecas tenían su sarcófago. El Tabularium ¿qué era más que un panteón?

Sin hablar con nadie, desdeñando la locuela de parásitos y poetas neófitos que le sonreían y saludaban, tomó por la vía sacra_, á la derecha; dejó á la izquierda la Basílica Porcia y parándose, vuelta la espalda á la Curia Hostilia^ contempló en silencio y con desprecio el Foro que tenía enfrente, el Foro también callado en aquellas horas; pero en su imaginación todavía hirviente con el rumor de los

espumarajos de la calumnia y la mentira Allí

la retórica se empleaba en el mal, en el daño, más francamente que en el libro. Los i?osí?'os^ desiertos, parecían restos de un naufragio en el mar de las

pasiones curialescas y políticas ¡Cuánta ira!

¡cuánto engaño habían brotado de allí.... y cuánta sangre! Últimamente ¡la sangre de César! César, su héroe, el de su poema. Como para salvar aquella imagen, para que no se la matasen allí, para que no le ahogasen la fantasía y el corazón aquellas ideales emanaciones de sangre y odio, que le parecía sentir exhalándose del Foro, Vario huyó, tuvo que buscar un poco de aire más puro, y subió la cuesta del Palatino, dejando á la izquierda el templo que habitaban las Vestales.

Pero no se ahogaba solo en el Foro; se ahogaba en toda Roma: por su espíritu pasaban ráfagas, como venidas de Oriente, de aquellas que sentimos que á veces mueven, como las brisas las mieses, los versos de Virgilio, ráfagas de espiritual anhelo, de piadosa contemplación de lo futuro. Vario, el poeta de los terríficos festines de los Pelópidas, el complaciente cantor cortesano de Augusto, sentía como una esclavitud su vida romana, y sin saber lo que era, buscabaun más allá, algo nuevo, más puro, más libre, más noble; y debía de estar allá, hacia el Oriente... También el dulce amigo, el cisne mantuano, había sentido al llegar la muerte el ansia