Cuentos morales · Unidad 57 de 188
Unidad 57 · 122 LEOPOLDO ALAS
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122 LEOPOLDO ALAS
de volver los ojos á Oriente, de atravesar el mar, de tocar el suelo de aquella Grecia, maestra de las almas.
«¡Al mar, al mar Oriental!» se dijo Vario. Y en un instante trazó en su mente el itinerario del viaje imaginado. Primero á Ñapóles, á despedirse de
la sepultura del Pausilipo; después á Brindis y
de allí á las ondas, á surcar en la nave «Liburna», las aguas inmortalizadas por Homero y por Virgilio.
Al día siguiente, de madrugada. Vario salía de Roma, y dejando á la izquierda, lejos, el Esquílino; y más cerca, á la derecha^ el Palatino y el Celio, comenzó á atravesar el Lacio, la tierra del dios escondido, á lo largo de la Vía Campaniense. Llegó á Ñapóles,, visitó el sepulcro de Virgilio, meditó sobre aquellas piedras, y á los pocos días emprendía el camino de Brindis; pasó por Venusia, célebre también en la historia de la poesía, cruzó la antigua misteriosa tierra de los Yapigios, tal vez hijos del Oriente, y entró en el pueblo donde el poeta había visto por última vez la luz. Una angosta nave oneraria le recogió en el puerto de Brindis, y, no sin cierta melancolía, dejó la tierra de Italia, que salía como á despedirle con las islas artificiales del puerto, coronadas de templos y estatuas , rodeadas de altos muros y extendiendo mar adelante un dique de arcos, bajo cuyas bóvedas jugaba la luz con las aguas bulliciosas.
En pie, sobre el puente, Vario, á solas, contemplaba allá en el horizonte la línea brumosa que señalaba la tierra. Al Norte las costas de Iliria; más abajo Caonia, Epiro. En aquella dirección, tras de las alturas Molosas, adivinaba el Pindó.
Caía la tarde, cuando, dejando atrás las costas de Corcira, la nave llegaba frente al promontorio de la Quimera.. .. Vario, á la luz del crepúsculo, escribía con rápido estilo, rasgando sin ruido la
tenue capa de cera sobre el pulido abeto La
cercana tierra sagrada de las musas le -infundía una inspiración febril; quería aprovechar la ráfaga, abriendo las velas de la fantasía al soplo de los
ensueños poéticos pero trabajaba en un poema
que se llamaba «La Muerte » La nave volaba
¡oh fatalidad simbólica! con la proa enfrente de la embocadura del Aqueron, que, muy cercano, del jaba al mar el tributo de sus aguas. Enfrente el Áqueron, el río de los muertos; más cerca, á babor, la Quimera!....
No creía Vario en la Mitología, que llenaba de nombres y de imágenes sus versos; pero si no como filósofo, como artista, en su corazón y en su fantasía, era pagano. Era además, de cierta manera, supersticioso, vagamente, burlándose en principio de la superstición, pero débil ante ella como ante un vicio de la inteligencia. Había presenciado el festín en que Augusto, á pesar del celo con que procuraba restaurar la religión oficial, el frío cul-