Cuentos morales · Unidad 58 de 188

Unidad 58 · 124 LEOPOLDO ALAS

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124 LEOPOLDO ALAS

to romano, había parodiado los festines de los doce dioses mayores del Olimpo. Había sonreído oyendo á Horacio decir: «Que crea en todo eso el judío Apela, bien está; pero yo sé á qué atenerme respecto de los dioses.» — El, como Roma entera, seguía una tendencia que se suele notar en Occidente cuando la religión propia decae, cuando reina el escepticismo y la negación; una reacción oriental: el misticismo' teosófico, las extrañas creencias de los misterios y magias de Oriente llenaban los espíritus que abandonaban al olvido los dioses penates y el culto de Vesta, que ya no encontraba sacerdotisas. — No creía Vario en nada positivamente; pero cualquier prestigio, una alucinación, una superchería, encontrarían su razón débil y dócil al encanto. Augusto mismo, que perseguía á Mithra y á Cibeles, á Isis y Serapis^ temía el rayo y el vuelo del águila, y calzaba por precaución primero el pie derecho que el izquierdo. Y Augusto era dios. ¿Qué haría Vario, su sacerdote, su poeta? «La Quimera» estaba en frente, Grecia era la cercana orilla, el Aqueron mezclaba con las ondas que surcaba la nave liburna sus propias aguas

tristes, mezcladas antes con las del Cocyto

¿Qué más? ¡Todo era símbolo de muerte^ de ultratumba de las sombras de allá abajo El, Vario, venía de Ñapóles y había pasado cerca del Averno, el lago funesto que no cruzaban las aves, y á cuya orilla hablaba en su caverna la sibila de

VARIO 125

Cumas Todo era prestigio, signo siniestro

todo hablaba de muerte Y Vario recordó el

origen de su viaje; aquel mal humor que le había sobrecogido bajando por el Clivus CapitoUnus y que le había hecho aborrecer la vida efímera bulliciosa, por breve y sin sustancia, y huir de Roma. Y aún le duraba el ansia de inmortalidad, el anhelo de idealidad eterna

Sus versos, que hablaban de la muerte también, iban arando la cera con paso bien medido del estilo silencioso y sutil De pronto, como sintiendo sobre el cráneo el peso magnético de miradas intensas, alzó la cabeza Vario y vio enfrente de si... las sirenas de Ulises; las mujeres aladas, ninfas tristes de voz suave, divinidades de rapiña, almas de buitre en rostros de hermosura siniestra, macilenta en su plástica corrección de facciones. Rodeaban las sirenas la nave, y arrastrando las alas sobre las olas seguían su marcha; dormíala tripulación; Vario, á solas con el encanto, los oídos abiertos, las manos sin ligaduras, oyó el canto de las sirenas que le llamaba á la muerte.

Y decía el coro:

cLucio Vario , ¿por qué trabajas en vano? Trabajas para la muerte, trabajas para el olvido. Deja el arte, deja la vida, muere. Oye tu destino, el de tu alma, el de tus versos... Serás olvidado, se perderán tus libros. Tu suerte será la de tantos