Cuentos morales · Unidad 60 de 188

Unidad 60 · 12B LEOPOLDO ALAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

12B LEOPOLDO ALAS

viento del olvido, y el polvo volverá á cruzar el desierto... Vario, adelántate á la muerte, s6 tú el olvido. No escribas, mucre.»

«Mucre, muere, no escribas más,» repitió el coro.

Vario se estremeció; pasó la mano por los ojos; sacudió el delirio, bebió con anhelo el aliento de la brisa fresca de la tarde', y á la última luz del crepúsculo siguió trazando sus versos, arando la cera con el estilo silencioso y sutil que caminaba con medida.

Creyó la profecía; sintió sus versos hundidos en la nada del olvido, pero la inspiración siguió alumbrando en su cerebro, más fuerte, más libre. Vario respiró con fuerza; su alma sacudía una cadena que caía rota á los pies del viajero: la cadena del tiempo, la cadena de la gloria^ la cadena del vil interés egoísta... «¡Ah, todo era polvo, lo decían los hexámetros de Vario á la muerte: todo era nada, todo pasaba, todo caía en el olvido... pero la brisa era saludable; y graciosamente meciendo el espíritu, el metro rítmico refrigeraba el alma; el sol del ocaso era sublime en su tristeza de rosa y oro; los colores del mar encanto de los ojos; la paz délas ondas parecía una música silenciosa... y Vario, que el mundo no conocería, mientras vivía, era poeta.

LA IMPERFECTA CASADA

Mariquita Várela, casta esposa de Fernando Osorio, notaba que de algún tiempo á aquella parte se iba haciendo una sabia sin haber puesto en ello empeño, ni pensado en sacarle jugo de ninguna especie á la sabiduría. Era el caso, que, desde que los chicos mayores^ Fernandito y Mariano, se habían hecho unos hombrecitos y se acostaban solos y pasaban gran parte del día en el colegio, A ella le sobraba mucho tiempo, después de cumplir todos sus deberes, para aburrirse de lo lindo; y por no estarse mano sobre mano, pensando mal del marido ausente, sólo ocupada en acusarle y perdonarle, todo en la pura fantasía^ había dado en (1 prui'ito de leer y más leer, cosa en ella tan nueva, que al principio le hacía gracia por lo rara.

Leía cualquier cosa. Primero la emprendió con la librería del oficio de su esposo, que era médico; ])cro pronto se cansó del espanto, de los horrores

130 LEOPOLDO ALAS

que consiente el padecer humano, y mucho más de los escándalos técnicos, muchos de ellos pintados á lo vivo en grandes láminas de que la biblioteca de Osorio era rico museo.

Tomó por otro lado, y leyó literatura, moral, filosofía, y vino á comprender, como en resumen, que del mucho leer se 'sacaba una vaga tristeza entre voluptuosa y resignada; pero algo que era menos horroroso que la contemplación de los dolores humanos, materiales, de los libros de médicos.

Llegó á encontrar repetidas muestras de literatura cristiana, edificante; y allí se detuvo con ahinco y empezó á tomar en serio la lectura, porque comenzó á ver en ella algo útil y que servía para su estado; para su estado de mujer que fué hermosa^ alegre, obsequiada, amada, feliz, y que empieza á ver en lontananza la vejez desgraciada, las arrugas, las canas y la melancólica muerte del sexo en su eficacia. Lejos todavía estaba este horror, pero mal síntoma era ir pensando tanto en aquello. Pues sus lecturas morales, religiosas, la ayudaban no poco á conformarse. Pero le sucedió lo que siempre sucede en tales casos: que fué más dichosa mientras fué neófita y conservó la vanidad pueril de creerse buena, nada más que porque tenía buenos pensamientos, excelentes propósitos, y porque prefería aquellas lecturas y meditaciones honradas; y fué menos dichosa cuando empezó á