Cuentos morales · Unidad 61 de 188

Unidad 61 · LA IMPERFECTA CASADA 131

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LA IMPERFECTA CASADA 131

vislumbrar en qué consistía la perfección sin engaños, sin vanidades, sin confianza loca en el propio mérito. Entonces, al ver tan lejos (¡oh, mucho más lejos que la vejez con sus miserias!), tan lejos la virtud verdadera, el mérito real sin ilusión, se sintió el alma llena de amargura, en una soledad de hielo^

sin mí, sin vos y sin Dios,

como decía Lope; sin mí, es decir, sin ella misma, porque no se apreciaba, se desconocía, desconfiaba de su vanidad, de su egoismo; sin vos, es decir, sin su marido, porque ¡ay! el amor, el amor de amores, había volado tiempo hacía; y sin Dios, porque Dios está sólo donde está la virtud, y la virtud real, positiva, no estaba en ella. Valor se necesitaba para seguir sondando aquel abismo de su alma, en que al cabo de tanto esfuerzo de humildad, de perdón de las injurias, de amor á la cruz del matrimonio, que llevaba ella sola, se encontraba con que todo era presunción, romanticismo disfrazado de piedad, histerismo, sugestión de sus soledades, paliativos para conllevar la ausencia del esposo, distraído allá en el mundo El mérito real, la virtud cierta, estaban lejos, mucho más lejos.

Y estas amarguras de tener que despreciarse á sí misma, si no por mala, por poco buena, eran el único solaz que podía permitirse, al que apelaba

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sin faJta, cuando, cumplidos todos sus deberes ordinarios, vulgares, fáciles, como pensaba ahora, aunque sintiéndolos difíciles, se quedaba sola, velando junto al quinqué, esperando al buen Osorio, que, allá, muy tarde, volvía con los ojos encendidos y vagamente soñadores, con las mejillas coloradas, amable^ jovial, pródigo de besos en la nuca y en la frente de su eterna compañera, besos que, según las aprensiones, los instintos de ella, daban los labios allí y el alma en otra parte, muy lejos.

Y una noche leía Mariquita La Perfecta Casa da, del sublime Fray Luis de León; y leía, poniéndose roja de vergüenza^ mientras el corazón se le quedaba frío: «....Asi, por la misma razón, no trata aqui Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no quiere que le pase aún por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va á decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casia el pensar que puede no serlo, ó que en serlo hace algo que le debe ser agradecido.»

Y como si Fray Luis hubiera escrito para ella sola, y en aquel mismo instante, y no escribiendo, sino hablándola al oído, Mariquita se sintió tan avergonzada que hundió el rostro en las manos, y sintió en la nuca, no un beso in partibus de su ütíposo, sino el aliento del ¿igustino que, con pala-