Cuentos morales · Unidad 67 de 188

Unidad 67 · 1441 LEOPOLDO ALAS

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1441 LEOPOLDO ALAS

hora señalada para terminar la conferencia, los estudiantes se daban por enterados, sin necesidad de que avisara un bedel, y el profesor daba en seguida por terminada la clase, Glaubeu, por excepción, porque no podía vencer las distracciones del discurso y olvidaba el tiempo, había ordenado que un dependiente anunciase la hora. Pero cada vez que se cumplía esta ceremonia, Glauben miraba al galoneado ugier inquieto, en silencio y como temeroso de que tuviese algo particular que decirle. «.La hora,y> exclamaba el buen hombre inclinándose. Y Glauben, respirando con fuerza y sonriendo, decía á su gente: «Hasta mañana».

Pespués de mucho tiempo de oírle, cuando ya asistía yo á un segundo curso de su ñlosofía, entablé con él relaciones de amistad privada. Le conocí en su casa. Era viudo; tenía tres hijos, dos niñas y un niño; la niña mayor de nueve años, el niño de cinco, la menor de tres. Salía muy poco. Si paseaba con sus hijos, se retiraba temprano, porque miraba la frescura del crepúsculo, la puesta del sol como una asechanza del enemigo á la salud de su prole. La sombra_, el frío, la humedad, le espantaban. Si salía solo, volvía pronto á casa también, subía de prisa la escalera hasta su cuarto piso, llamaba A la puerta con fuerza, y pálido, con

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los ojos inquietos, se apresuraba á preguntar, mientras le abrían: «¿Qué tal todos?» «Bien, bien,» le contestaban. Y Glaubon volvía á sonreír, y á su buen color; y entraba tranquilo en su hogar, como en un cielo.

Sí fuera de casa se le detenía demasiada tiempo en la cátedra, en el círculo, en una junta universitaria^ empezaba á mostrarse inquieto, y acababa por no poder resistir á la tentación de volverse corriendo á casa.

No viajaba. Era gran partidario de que el hombre de ciencia corriera mucho mundo conociera muchas gentes, costumbres, ideas, etc., etc.^ pero él no se movía. Envidiaba á los representantes que iban á los congresos científicos, pero él jamás aceptaba tales comisiones.

Un día, cuando ya teníamos mucha confianza, me atreví á preguntarle por qué no salía nunca " del pueblo y por qué paraba tan poco fuera de casa. Me quería mucho, y creía en mi entusiasmo por su persona y por su doctrina. Me miró con maliciosa dulzura, sonrió de un modo nuevo para mí, y después de pasarse una mano por la frente, le vi otra cara, menos alegre, como acongojada, pero muy franca, muy dispuesta á una confidencia íntima.

— Yo tengo...— dijo— yo tengo una especie de enfermedad... ¡Cuidado! No hay que decirles nada á nuestros amigos los de la patología psicológica...

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