Cuentos morales · Unidad 85 de 188

Unidad 85 · 186 LEOPOLDO ALAS

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186 LEOPOLDO ALAS

elevado á institución religiosa, es el cilicio^ la cuerda del mendicante. Si de estas regiones misticas descendemos á los intereses materiales^ tenemos que sin cuerda no habría ciudades ni propiedad rústica bien deslindada; porque con la cuerda de la plomada construimos los sólidos edificios, para que obedezcan á' las leyes arquitectónicas y den á la vertical lo que es suyo; con las cuerdas determinamos las rasantes de las calles, alineamos las arboledas municipales^ lugares de recreo^ trazamos los caminos á través de la tierra^ y por último, medimos las heredades y las distinguimos y separamos con sus linderos correspondientes^ en digno tributo á la divinidad del dios Terminus. Por eso^ señores^ lejos de quejarse, deben ustedes dar gracias á Dios^ que crió el cáñamo, cuando yo les ato la mano á la pluma ó les ato ambas manos á la espalda para corregir sus desafueros, y enseñarles^ por el sistema preventivo, lo que es la pena del galeote y del presidiario que va á purgar su delito atado codo con codo; y como la educación debe ser integral, y ustedes deben ir creándose hábitos para toda clase de finalidad racional; como cabe en lo racional que algunos de ustedes acaben en un presidio, bueno es que sepan de todo y aprendan por experiencia propia cómo las gasta la vindicta pública para reprimir los excesos de la libertad en los ciudadanos.

Porque sí, señores míos; á propio intento^ y

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como manda la retórica^ he dejado lo de más efecto para lo último en esta apología de la cuerda; la forma sublime de la cuerda es la cuerda de presidiarios^ porque ésta es la que sirve para garantía del orden^ para sujetar el mal y dejar libre el bien; y aun si quisiera remontarme más á la suprema expresión de la cuerda simbólica^ representaría ante la pasmada fantasía de ustedes la imagen de una horca, en la que el papel principal )o representa una cuerda; una cuerda con un nudo, siquiera sea corredizo; para demostrar que al que huyó del lazo del vínculo social^ este lazo^ este nudo se le aprieta al cuello.»

Y D. Urbano enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo de hierbas.

Pero ¡ay! fueron en vano sus discursos. Los párvulos no le comprendían. Cambió de escuela; trató de enderezar á mocosos más talluditos, y peor. — ¡Peor, gritaba él: la cera está fría, ya no es cera, es hierro; y esto es machacar en hierro frío! — Xo había remedio; la humanidad se torcía; no había rodrigones que bastaran; todo el esparto y todo el cáñamo del mundo no eran suficientes para guiar por el buen camino, ni la Utra ni el espíritu de la infancia. El corazón del niño, como los perfiles de su pluma, iban de mal en peor.

Fué inútil que D. Urbano inventase varias máquinas de madera y cuerda, todas mecánico-intuitivas^ como las llamaba él, para corregir los de-