Cuentos morales · Unidad 92 de 188
Unidad 92 · Eí. FRÍO DEL PAPA 201
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Eí. FRÍO DEL PAPA 201
Los Reyes Magos ya ño sabían qué hacer; cómo dar un poco de calor al cuerpo débil que los temblores sacudían.
Miraban al cielo. Por la parte del ábside derruido se veía la bóveda estrellada. Allí estaba quieta, como un ascua de oro, su guía fiel, la estrella de Oriente... pero fría, como todas las demás, indiferente.
— ¡Si saliera el sol! ¡si saliera el sol! decían los Reyes Magos.
Y arropaban bien, ciñéndole los mantos al triste cuerpo consumido, al Papa, que se moría de frío.
Y el Papa, de tarde en tarde, sonriendo entre los temblores, levantaba la cabeza y miraba hacia la cuna del pesebre, en el altar mayor. En el delirio, cuajado en su cerebro, pensaba:
«Mientras El no se hiele, yo no me hielo.»
Y Melchor, Gaspar y Baltasar, como un coro, repetían:
«¡Si saliera el sol! ¡Si saliera el sol!»
LEÓN BENA VIDES
«Un león por armas tengo, Y Benavides se llama. >
(Tirso de Molika.— iapntdencia en la mujer.)
Apuesto cualquier cosa á que la mayor parte de los lectores no saben la historia ni el nombre del león del Congreso, el primero que se encuentra conforme se baja por la Carrera de San Jerónimo. Pues, llamar, se llama. . León, naturalmente. Pero ¿y el apellido? ¿Cómo se apellida? Se apellida Benavides.
Pero más vale dejarle á él la palabra, y oir su historia tal como él mismo tuvo la amabilidad de contármela, una noche de luna en que yo le contemplaba, encontrándole un no sé qué particular que no tenía su compañero de la izquierda.
«¿Qué tiene este león de interesante, de solemne, de noble y melancólico que no tiene el otro; el cual, sin embargo, á la observación superficial,
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puede parecerle lo mismo absolutamente que éste?» Hacia la mitad de la frente estaba el misterio; en las arrugas del entrecejo. No se sabía cómo, pero allí había una idea que le faltaba al otro; y sólo por aquella diferencia el uno era simbólico, grande, artístico, casi casi religioso, y el otro vulgar, de pacotilla; el uno la patria, el otro la patriotería. El uno estaba ungido por la idea sagrada, el otro no. Pero ¿en qué consistía la diferencia escultórica? ¿Qué pliegue había en la frente del uno que faltaba á la del otro?
Y contemplaba yo el león de más arriba, empeñado, con honda simpatía, en arrancarle su secreto. ¡Cuántas veces en el mundo, pensaba, se ven cosas así: dos seres que parecen iguales, vaciados en el mismo molde, y que se distinguen tanto, que son dos mundos bien distantes! El nombre, la forma, cubren á veces bajo apariencias de semejanza y aun de identidad, las cualidades más diferentes, á veces los elementos contrarios.
Y en estas filosofías me sorprendió una voz metálica, que vibraba á los rayos de la luna como á los del sol vibraba la de aquella famosa estatua egipcia.
Temblorosa, dulce, apagada, saliendo de las fauces de hierro, decía la voz:
«Es una cicatriz. La diferencia que buscas entre mi compañero y yo no está más que en eso; en que yo tengo en la frente una cicatriz. La cicatriz