Cuentos morales · Unidad 93 de 188

Unidad 93 · LEÓN BENAVIDES 205

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LEÓN BENAVIDES 205

te reveki un alma, y por eso te intereso. Gracias. Ya que te has fijado en que yo tengo un espíritu y el otro no^ oye mi historia y la historia de esta cicatriz.

Xací en las montañas de León, hace muchos siglos, en los más altos vericuetos que dividen, con agujas de nieve eterna, la tierra leonesa y la tierra asturiana. Yo era de piedra, de piedra blanca, dura, tersa. Desde mi picacho veía á lo lejos, hacia el Nordeste, otras montañas, blanquecinas también, y á fuerza de contemplarlas hundidas como yo, hundidas hacia arriba, en los esplendores del cielo azul, llegué á enamorarme de ellas, como el objeto más digno de mis altos pensares. El sol nos iluminaba; de ellas á mí, de mí á ellas, iban y venían resplandores. Se llamaban Covadonga.

Un día, el hierro de un noble montañés me hizo saltar de mi asiento, me arrancó de las entrañas de mi madre, la cima^ y abajo en la cañada el tosco instrumento de un vasallo me labró de suerte que del fondo de mi naturaleza berroqueña poco á 'poco se fué destacando en relieve una figura, y desde entcmces tuve un alma, fui una idea, un león. Fui un león rapante en un cuartel de un escudo. De aquellos días acá pasé por cien avatares, por metempsícosis sin cuento; pero sin perder la unidad de mi idea, mi idea de león.

Mi idea níició, en rigor, de un equívoco: mi

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nombre no debiera ser león, sino legión', porque vengo de Legio y no de Leo. La ciudad de León, á que debo el ser quien soy, se llama así, como saben todos, por haber sido asiento de cierta legión romana. Pero hay algo superior á la lógica gramatical, y la transformación de Legio en León quedó justificada por la historia. Los leoneses fueron leones en la guerra de la Reconquista. Desde mi escudo montañés, donde el cierzo puro de la cañada del puerto me fué ennegreciendo con la pátina del tiempo noble, bajé con los Benavides, cuyo orgullo era, cuyas hazañas inspiraba, á los llanos de Castilla, y corrí por Extremadura y Portugal, y hasta puse la garra en tierra de Andalucía. En matrimonios por amor y en matrimonios por razón de Estado, vime enlazado muchas veces, en los cuarteles de los escudos, con águilas y castillos, y cabezas cortadas, y barras y pendones. Unas veces faí de piedra, otras de hierro, de plata y oro á veces también; y ora corrí los campos de batalla, flotando al aire en el bordado relieve de una enseña, ya saltando sobre el pecho de un noble caballero, ó de una hermosa castellana en la caza, imagen de la guerra.

Mas un día quise probar fortuna en la vida real, dejar de ser símbolo y tener sangre... y convertirme en león verdadero, con garras y dientes, por tener el honor de que me venciera Mío Cid, Rodrigo de Vivar, el que ganó á Valencia.